Cómo ser madre sin renunciar al trabajo

Cómo ser madre sin renunciar al trabajo

Como todos los meses, en nuestro despacho (Mateos y Huelga Abogados) intentamos haceros llegar una historia real, en parte porque de la propia explicación del caso surge un aspecto didáctico para el lector, una especie de lección básica de derecho (en mi caso laboral); y en parte porque, al menos a mí, me sirve como cauce para hacer públicas ciertas situaciones que sin duda no podría hacer de otra manera (o al menos no con la misma repercusión).

En esta ocasión, el tema nos tocó muy de cerca, no sólo por ser nuestra protagonista una mujer, sino también porque (aprovecho para contar algo que muchos no conocen en mi propio círculo), estoy embarazada, y el caso me ha dado en la diana (sentimentalmente hablando). Como siempre se trata de un caso real, del que cambiaremos sólo los datos de carácter personal, en parte porque me obliga a ellos la Ley de Protección de Datos, y en parte por una pura protección laboral de mi clienta, que ya tiene bastante complicada la cosa.

Nuestra protagonista de este mes se llamará Azucena, y trabaja en una cadena de zapaterías muy conocida (no creo que exista una mujer que no haya comprado zapatos allí). de “cuyo nombre no quiero acordarme. O no puedo acordarme, porque el procedimiento sigue estando abierto, y aunque a veces pienso, y recomiendo a las clientas que la publicidad puede hacer a ciertas empresas dar un paso atrás en sus cacicadas, también es cierto que la sombra del despido es alargada, y en estos tiempos nadie quiere perder su trabajo.

El caso es que Azucena trabaja, como decimos, en una famosa zapatería. Lleva en ella casi diez años, concretamente desde que la cadena abrió una tienda en uno de los centros comerciales de la provincia. Ella ya tiene un hijo, de unos 6 años, y ahora, rozando la cuarentena, se queda de nuevo embarazada. Debemos decir que, cuando tuvo a su primer hijo, Azucena ya trabajaba en la zapatería, y como aún no llevaba mucho tiempo, tardó lo máximo posible en darse de baja, y luego no pidió reducción de jornada. En este segundo embarazo, casi por el estilo. Retrasó lo máximo posible la baja, pero al tener a su bebé, tuvo que pedir la famosa y temida para las empresas, reducción de jornada.

Evidentemente, no es lo mismo un hijo que dos, y con un marido que trabaja tantísimas horas como el suyo, se hace necesario que uno de los dos pase más tiempo en casa; y siendo el bebé aún lactante (cuenta en la actualidad con 6 meses), ese alguien tenía que ser la madre del pequeño. Y no penséis que es una reducción desorbitada, pues apenas son unas horas semanales.

Pues bien, como todos sabréis, la reducción de jornada (o conciliación de la vida laboral y familiar por guarda de hijo menor), es algo prácticamente obligado por la empresa. El único caso en que la empresa puede negarlo abiertamente, es que en la misma empresa y en el mismo período, los dos progenitores pidan la reducción de jornada con referencia al mismo menor.

Cuando la trabajadora está de baja por maternidad, enviamos burofax a la empresa reclamando la reducción de jornada, solicitando que, a ser posible, las horas de trabajo se acumulen de lunes a viernes, sea en el horario que sea (aún a sabiendas de que si se queda al cierre no puede casi llegar a acostar a sus hijos, al trabajar en una localidad distinta a la que vive). La finalidad es que la trabajadora no tenga que trabajar el sábado, o al menos, sólo tenga que trabajar medio sábado; ya que todos sabemos la dificultad de encontrar una guardería o ludoteca un sábado por la tarde, y que precisamente ésta no sería barata.

La sorpresa viene cuando la empresa responde, negando la reducción de jornada, y alegando que no puede ser concedida porque en la tienda ya hay una trabajadora con reducción de jornada, y mucho menos se la puede dispensar de trabajar medio sábado, porque entonces la tienda quedaría sólo con una trabajadora. Como conocemos que no sólo hay una trabajadora con la reducción solicitada, sino que en su lugar hay una chica las horas que ella no está; y por tanto no son ciertas las afirmaciones de la empresa, decidimos interponer papeleta de conciliación.

Antes de que llegue la conciliación, el letrado de la empresa se pone en contacto conmigo, y entiendo que abusando de confianza, me dice que lo mejor que puede hacer la trabajadora es pedir la cuenta y largarse. Evidentemente esa no es una opción, así que le digo que seguiremos adelante con los pasos legales correspondientes. Unos día más tarde, vuelve a decirme, muy amablemente, eso sí, que por qué la trabajadora no pide la cuenta y se va, que ya buscaremos una “apaño” para que pueda cobrar el paro. Os podéis imaginar que mi contestación fue que si tenía vergüenza dijera lo mismo delante del juez, que nos íbamos a reír a un rato.

Y así llegamos a la conciliación, en la que no aparece ni la empresa ni su brillante letrado, sino que envían a una procuradora que, aún entendiendo la lógica de lo que pedíamos, no tenía margen de maniobra, y no podía más que alegar allí la intención de la empresa de volverse a negar.

Imaginad por un momento a la chica, en aquel encontces recién parida, llorando en la oficina de conciliación, diciendo que aquello era injusto, que ella iba a estar trabajando pensando que no podía estar con su bebé, y que su compañera sí que podía simplemente porque la había pedido antes. Y encima con la amenaza de “si das mucho la lata, te pongo en la calle”.

Azucena sale de la conciliación diciendo que no va a poner demanda porque seguidamente la van a poner en la calle. Pero días después, tras hablar con su familia, me llama para decir literalmente que “ya de perdidos al río, si me echan que me echen, pero yo quiero estar con mis hijos”.

Pero la cosa no queda aquí. Tras poner la demanda, empieza la persecución (por no llamarla de una manera más tajante dentro de la empresa). Azucena allí es el enemigo, y así se lo hace saber la delegada territorial de la empresa, que hace unos días se pasa por la tienda para decirle literalmente “prepárate que vamos a ir a por ti, vamos a por todas” A esto le siguen las numerosas ocasiones en las que encargada, delegada y el resto de trabajadoras se reúnen, dejando a nuestra clienta de lado, para tratar su tema. Y es algo que sale de toda lógica, no ya por la empresa, pero sí por el resto de trabajadoras (incluidas las que han llegado recientemente), más cuando son todas mujeres, y es un camino por el que todas hemos pasado, o tendremos que pasar.

Así que ahora mismo, a la espera del juicio (en el que evidentemente tendrán que concederle una reducción de jornada), Azucena no sólo tiene que acudir al trabajo durante toda la franja horaria (saliendo muchas veces a las 10 de noche y llegando a casa con sus hijos ya dormidos), sino que, si la cosa no cambia, tendrá que suspender la lactancia materna contra su voluntad; sumando a todo esto que el ambiente en el centro de trabajo llega a ser asfixiante.

Espero que el presente artículo sirva para poner nuestro granito de arena en la concienciación, no ya sólo de las empresas, sino de toda la sociedad.

La conciliación, y las medidas legales en este sentido (que no son suficientes ni de lejos), son algo esenciales. Leía hace unos días en prensa que las españolas somos, precisamente, las europeas con más recelo a la hora de tener hijos. Y no me extraña.

Estos casos, de los que todos hemos oído hablar, no son una leyenda urbana. Y nadie quiere perder el trabajo al tener un hijo, ni tener que renunciar a un sueldo para criarlo. Es por ello que se hace necesario que todos entendamos que este tipo de opciones no se toman por gusto, sino por necesidad, y no sólo deben ser opción de las mujeres, siendo también perfectamente lógico que haya hombres que las quieran, y se atrevan cada vez más a pedirla.

Situaciones como la expuesta no sólo son absolutamente vergonzosas para un sociedad que pretende ser avanzada, sino que deberían ser penalizadas, con mucha más dureza que actualmente, en la que apenas hay consecuencias.

Por nuestra parte, seguiremos luchando contra estas injusticias, y soñando con que algún día, no seamos sólo una gota en el desierto, sino un océano de guerreros y guerreras que consigamos poner fin a historias como la de Azucena.

Tamara Huelga Gutiérrez
tamara.abogados.h@gmail.com
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