
22 Jul Marina Andrade. Cuando el Erasmus se convierte en una experiencia de vida
Erasmus como la gran oportunidad para los estudiantes
Hoy, días después de volverme de mi ciudad Erasmus: Lisboa, aún no soy capaz de asimilar y explicar con palabras todo lo que he vivido estos 9 meses. Recuerdo a mi yo de hace un año, aquella niña asustada por vivir por primera vez fuera de casa, en otro país, otro idioma. Una “niña” a la que si hoy pudiera darle un consejo, sería que disfrutara cada segundo de esta una oportunidad que se tiene una sola vez en la vida, y que siempre recordará con mucho cariño y nostalgia.
Desde el momento que llegué a Lisboa, sentí que esta ciudad se convertía en mi casa. En los primeros días en la residencia conocí a mis amigas, 6 niñas de ciudades diferentes de España pero con el mismo objetivo: disfrutar de cada día de Erasmus como si fuera el último. Y a día de hoy tengo la suerte de poder decir que no me imagino una vida sin ellas.
Y tras un mes en la ciudad, nos fuimos a nuestro primer viaje, y si me preguntan, el mejor de todo el año: Madeira.
Un viaje increíble, una isla preciosa, y una compañía aún mejor. Hicimos rutas por la montaña, nos bañamos en playas paradisíacas y vimos paisajes que nos dejaron sin palabras. Y para terminar el curso, nos fuimos a Azores. Una isla remota en medio del Atlántico en la que disfrutamos como niñas, nos bañamos en cascadas de ensueño y piscinas naturales.
Como nosotras decíamos: solo nosotras teníamos la oportunidad de visitar estos lugares paradisíacos durante semanas, y todo gracias a Portugal.
Y no, no me puedo olvidar de aquellos 16 días de enero recorriendo Europa, con una mochila llena de ganas de vivir algo que solo podía hacer una vez en la vida. Cracovia y Zakopane, un pueblo nevado que nos robó el corazón.
Una noche en autobús hasta llegar a Praga, donde nos enamoramos de su encanto. Budapest, donde su impresionante Parlamento iluminado nos dejó sin palabras Y por último Estambul. Una ciudad que sin duda es el destino que más nos impresionó por su diferencia cultural y sus inmensas mezquitas.
Pero el Erasmus no ha sido solo viajes. Ha sido cada comida de domingo todas juntas hablando del finde, las tardes viendo el atardecer desde cualquier mirador de Lisboa, las fiestas de pijama en la habitación de Carlota, las meriendas y cenas en las que siempre terminábamos sudando, las cervezas en el jardín cuando hacía buen tiempo. Las tardes de playa en Caparica, y un sinfín de conversaciones y risas con personas que se han convertido en mi “pequeña familia Erasmus”.
Y por supuesto y siempre, la Universidad; aquel sitio que, aunque a veces se nos olvidara, era la principal razón por la que estábamos en Lisboa. Sin duda un lugar en el que fue difícil adaptarme. Todas las clases en portugués, sin nadie conocido alrededor, pero con la suerte inmensa de que cualquier persona estaba dispuesta a ayudar siempre que lo necesitara.
Y en un abrir y cerrar de ojos, llegó junio acompañado de la frase: “Que poco nos queda en Lisboa”
Llegaron los últimos exámenes, las últimas fotos, las últimas cenas, y empezaron las despedidas. Unas despedidas llenas de lágrimas, sabiendo que hemos vivido los mejores meses de nuestra vida y que jamás se volverán a repetir.
Lisboa ha sido más que una ciudad bonita, me ha enseñado lo que es vivir lejos de casa, a resolver problemas por mi misma, a abrir mi mente y mi corazón al mundo sabiendo que estoy preparada para cualquier cosa… y sobre todo a valorar los pequeños momentos de la vida porque esos, sin lugar a duda, son los que perduran a pesar de que el tiempo pueda pasar.


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