
20 Feb Erasmus… La gran experiencia contada por Ángela Patón
Erasmus… La aventura inolvidable de una universitaria
Me gustaría comenzar con esta fotografía. Con una cámara de muy pocos píxeles, bailo en una discoteca junto a mi amiga belga, Femke, en una fiesta ambientada en Charli XCX, la artista más exitosa durante este verano, en una discoteca discreta en el centro de Viena. Pocas horas antes, me estaba congelando en los balnearios Széchenyi, Budapest, junto a mis mejores amigos del Erasmus. Al día siguiente tenía clase a las 9 de la mañana en una asignatura donde el profesor se empeñaba constantemente en darla en alemán, con el estupor que nos provocaba a los estudiantes internacionales. Todo en menos de 72 horas, absorbiendo hasta el último segundo. Creo que pocas veces podré repetir este tipo de adrenalina.
No considero necesario extenderme más de la cuenta en lo intensa (con estereotipos bastante acertados) que es la experiencia Erasmus. Y aún así, aunque el tiempo se estire y alargue pero a la vez se mantenga estático, tras unas breves horas de vuelo, se acaba tu aventura fulgurante. Vuelves a la rutina en la que tú has cambiado, los de tu alrededor también, pero ninguno habéis sido partícipe de la transformación del otro. Todo se vuelve extraño, absolutamente todo, como si hubieses vivido entre algodones de muchos sueños consecutivos, saltando de nube a nube. Totalmente normal, pero solo aquellos que hayan vivido esta experiencia podrán comprenderlo, como se suele decir.
La vida, aunque no te des cuenta, con tan solo unos pocos meses cambia sosegadamente, pero cambia. Podría resumirse en cuando volvías a casa de tus padres después de un cuatrimestre universitario y, aunque tú te consideraras una nueva mujer, con solo hablar con tus progenitores volvías a sentirte un adolescente con cero autorregulación emocional. Como el jersey que ya no se ajusta a tu nuevo cuerpo, la comida que ya has aborrecido o el abrazo que tanto echabas de menos. Ahora, las cosas cambian: eres una adulta joven, más cerca de acabar la carrera que de empezar, con experiencias inimaginables para aquellos que se quedaron y mucha, mucha nostalgia. ¿Y ahora, qué haces con todo ello, con la miel en los labios?
Esa fue mi duda constante durante el mes de enero, cuando ya había pagado mi vuelo de retorno a Sevilla
Entre toda esa vorágine emocional, solo me quedaba una vía de salida. Cuando los rayos más tímidos cruzaban mi ventana, cosa que no ocurría mucho en Austria, aprovechaba para escaparme a mi parque más cercano y hacer lo que más me libera: escribir, escribir y, nuevamente, escribir. Durante septiembre, comencé el hábito como forma de organizar mi mente: todo estaba siendo un caos y no llegaba a sentirme integrada con nadie. Durante el temido final, lo retomé. De un montón de palabras mezcladas con lágrimas y muchas otras que se perdieron por el camino (porque sí, el Erasmus no es solo clavarte jarras de la cerveza más barata), surgió MACLA, mi primer guion de estilo onírico, actualmente en fase de preproducción. Ahí es cuando te das cuenta de todo, bajas los pies a la tierra y la sensación de irrealidad se desvanece: viviste, vives y vivirás con cariño esta etapa, en el lado izquierdo de tu pecho.
Pero claro, aún sigues descolocada, y es cuando surge la pregunta del millón: ¿merece la pena irse tan pronto? ¿Por qué no renuevas? Estando aún allí es muy fácil pensarlo, aunque lo lógico hubiera sido centrarte en el presente, ¡pero que sabremos de racionalidad aquellos que vivimos todo con tanta intensidad! Aún así, tomas ese vuelo llorando y quizá teniendo que pagarle un poquito más a Ryanair por el peso de los recuerdos.
Tras unas semanas de adaptación, las gafas de color rosa se te caen y ves todo un poquito más calmado, incluso con cambios que no te esperabas. Esa persona que no podías ni ver en pintura se convierte en tu mejor amiga, echabas de menos las largas horas de sol y tu entorno te ve renovada, más tú. Ese ha sido el comentario que más me han dicho y más me ha emocionado. La búsqueda del yo, la identidad propia, es constante a estas edades, aunque también luego nos choquemos con la típica frase del “tú no eras así”. Siempre que ocurre este proceso, es bueno recordar palabras que concedió una vez Rosalía en una entrevista, “Si tú aceptas el cambio, aceptas la contradicción” y de nuevo repito, y no me cansaré de repetirlo, que se verá totalmente reflejado cuando poses tus pies en otro país.
Es también fundamental ver como dicho cambio no se ha producido solo a nivel exterior, sino también en el interior. Entre todos los cafés pendientes con tus seres queridos, te das cuenta que ya no eres tan reactiva. No te tomas las cosas a lo personal, si no que ves más el reflejo de los demás en sus acciones, sus propias vivencias y sufrimientos. Puede que quizá también te hayas vuelto un poco egoísta o incluso con cierta osadía de pensar que has disfrutado hedonistamente estos últimos meses. Puede que hayan cambiado muchas cosas, tanto buenas como malas, pero al final del día, sigues siendo tú. Incluso en esos momentos en los que superas tus miedos, como llevar a cabo la burocracia en alemán o tirarte a esquiar en una pista roja, cosa que no conseguí, ¡pero al menos superé el estrés del momento!
Aquí me veis sonriente, pero hace solo un ratito antes estaba llorando.
Menuda dicotomía
Aún así, es tan bonito volver
Apreciar el amor de aquellos que siempre te han querido en la nueva (y esperemos) que mejorada versión de ti. Todo cerrándose con el mismo cariño con el que los Reyes Magos te envolvían los regalos, siendo de los mejores capítulos de tu vida. Por último, me gustaría recalcar lo afortunada que he sido y como eso me llena de inmensa gratitud. Mi realidad es incomparable a la de otras tantas personas que no se pueden permitir esta oportunidad por sus distintos bagajes personales, económicos o incluso emocionales que les han impedido disfrutar de experiencias semejantes. Confío que, en un futuro, esta situación cambie, como una petición para la Unión Europea; la plenitud tan grande que se me ha otorgado, espero que se extienda a aún más estudiantes.
Un gran pedazo de mi corazón se quedará de por vida en Viena, esperándome, como decía la canción de Billy Joel. Danke schön Wien



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