Maltrato psicológico… El silencio del dolor

 

 

Maltrato psicológico… Lo que nadie ve pero existe

 

“No, él jamás me ha puesto una mano encima”

Ojalá pudiera hacer un relato tan minucioso y determinante que te sirviese de espejo. Ojalá y te veas con mis ojos ¡Y GRITES! “No, él jamás me ha puesto una mano encima”
Le hablas sobre tus recuerdos con los ojos llenos de emoción y ganas, evocando algún recuerdo del que formaste parte, y él te ridiculiza. Entonces tiemblas de esa forma que nadie percibe, y te vas a esa parte que solo tú conoces, esa parte desdoblada de la realidad que, te ha permitido mantenerte a flote y ser capaz de salir adelante. Tiemblas y de nuevo abres los ojos, y te lo guardas para ti, dentro, porque tú eres eso, ese pedazo de recuerdo envuelto en olores. Yo hoy mujer valiente, vengo a decirte que yo sí quiero escucharlo, que yo sí quiero que compartas tus recuerdos conmigo.

“No, él jamás me ha puesto una mano encima”. Pero si te ha dicho:

“Si me quisieras no harías eso”
“Te lo digo por tu bien”
“Te quiero por encima de mí mismo”
“Al final, con tu comportamiento, haces que yo sea de esta forma”

Te lo dice con los ojos encendidos y escupiendo rabia. Puedes sentir los latidos de su corazón tan cerca, que necesitas que eso acabe. Te disculpas, porque “dos no pelean si uno no quiere”. Lo haces y aflojas, aflojas porque estás cansada, y confundida, tanto, que incluso te planteas que puedas tener algo de culpa. Aflojas y lo haces porque al otro lado del tabique están tus hijos, ellos que piensas que están ajenos, pero tienen descosido el alma (y lo tendrán para siempre).

Vas a ciegas, tanteando el terreno, descifrando situaciones. Buscando siempre el momento oportuno, hipervigilante, en alerta, siempre leyendo detrás de sus ojos, interpretando sus pasos, imaginando si está o no enfadado. Escuchas la fuerza con la que cierra los muebles o el ruido que hace al ordenar los vasos y contemplas en cuestión de segundos, todos los posibles escenarios ¡Maldita sea! Esas huellas se quedan dentro para siempre, y no hay retroceso, no hay vuelta al punto de partida. Por dentro tu cuerpo ruge, ruge tan fuerte, que tiemblas, miedo, tienes miedo.

“No, él jamás me ha puesto una mano encima”. Pero si te ha dicho:

“Estás exagerando las cosas”
“Lo estás sacando todo fuera de contexto”
“No me queda más remedio que pensar si te comportas así que, eres una mala persona”
“Eres una mala persona”
“Eres una mala persona”
“Eres MALA”
“Nadie va a quererte como eres”
“Nadie va a quererte con ese carácter. Con ese comportamiento tan asqueroso y despreciable”
“Nadie te va a querer como yo”
“Tienes todo lo que tienes porque yo he vivido para dártelo”
“Si no fuese por mí no tendrías nada”

Y claro, si alguien que se supone que te quiere y que además reconoce quererte, te dice algo así, algo de razón debe tener ¿No? Te lo planteas y estás perdida, estás perdida para siempre. El abismo del cuestionamiento se abre y comienzan las distorsiones de la realidad, comienzan los cambios de matices hasta el punto de hacerte creer que has dicho o hecho cosas de las que no terminas estando segura.

“Deja de inventarte cosas”
“¿Por qué has dicho eso?”
“¿Por qué vuelve a hacer eso si te dije que no me gustaba?”

“No, él jamás me ha puesto una mano encima”. Pero se encarga de que sepas de manera constante de que tu percepción de la realidad no es correcta, dudas, y llegas a plantearte la
gravedad o la intensidad con la que realmente vives las cosas. Te CULPABILIZAS, minimizas la tensión, y lo haces aumentando las atenciones y comienzas a evitar situaciones que lo hagan enfadar o sentir incómodo, aunque como sabrás, esto es realmente imposible (me refiero a llegar a ser capaz de controlar sus reacciones, porque en eso andas empeñada toda la vida). Llegas a sentir vergüenza ¿Cómo puedes equivocarte tanto? ¿Cómo estás pudiendo hacer tan mal las cosas?

Y cuando afrontas situaciones valiosas, de esas que implica ser valiente, como meterte de lleno en quien eres o avanzar en lo que quieres. Cuando hablas en público, cuando defiendes una idea, minimiza tus logros hasta el punto de no hacerte sentir valiosa y aunque él jamás te haya puesto una mano encima te dice:

“Oye, a ti nunca te había gustado destacar ¿Por qué te comportas de esa forma ahora?”

Y cuando hay gente, o estáis en situaciones sociales, él no te pone la mano encima, pero cuando no estáis solos, él es esa vez en off, que te corrige y te cuestiona, que va intercalando palabras mientras tú hablas o que incluso contextualiza un sentido que tú no quieres darle, a justo eso que tiene que ver contigo y que intentas expresar dando tirones.
Y cuando llega a casa:

 

“¿Por qué das tu opinión de forma tan descarada cuando hay gente, ¿No ves que eso puede ofenderme?”.

 

Hablas, midiendo tus palabras, eligiendo tus emociones él te mira y tú vas sabiendo si lo que dices está siendo o no de su agrado, porque si no después llegan los silencios, esos silencios largos que nunca puedes prever y tampoco controlar, para saber de antemano detrás de qué se esconden, pero él nunca te ha puesto una mano encima.

Bloqueo, pánico, miedo, estás en el límite y él lo sabe. Llora, te pide perdón, te promete que no volverá a repetirse. Te convence, te dice que a él jamás lo enseñaron a hacer las cosas de otra forma. Se vuelve cercano, cariñoso, incluso tiene detalles extraordinarios en situaciones cotidianas. Te da pena, está solo, justificas su comportamiento con ese pasado de mierda que no solo parece determinar su comportamiento. Empezáis de nuevo, él va a cambiar, seguro que lo hace, te quedas a su lado.

Y vuelta a empezar de nuevo, han pasado 3, 5, 7, 30 años…

Rocío Fernández
rfernandez.diaz87@gmail.com
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