
20 Feb Estrés emocional: el cansancio de ser siempre fuerte

Estrés emocional Vs. Supervivencia emocional
Hoy escribo desde Huelva, desde la Costa de la Luz, donde el sol no solo ilumina, también sana.
Lo curioso es que el cansancio no se ve mientras estás en pie. Solo aparece cuando dejas de estar en guardia. Cuando el cuerpo se permite parar un poco. Cuando el aire huele a sal y te recuerda que no todo es batalla.
Este último año he sido fuerte
Fuerte en el trabajo, tomando decisiones, sosteniendo responsabilidades, organizando, resolviendo. Fuerte en casa, acompañando procesos difíciles, intentando ser el ancla cuando todo parece inestable. Fuerte incluso cuando por dentro había días en los que lo único que quería era parar y llorar sin explicaciones.
Pero ser fuerte cansa. Cansa sostener un equipo cuando tú también estás agotada. Cansa responder correos cuando tu cabeza está en otro sitio. Cansa ser la madre que contiene, la mujer que equilibra, la profesional que no falla.
Pero, sin duda, lo peor de todo es que nadie me obliga. Me obligo yo sola. Me pongo la armadura de guerrera porque pienso que si me la quito, todo se desordena; que si me muestro vulnerable, decepciono; que si digo “no puedo más”, estoy fallando. Pero el cuerpo no negocia eternamente, y todo pasa factura.
A veces aprieto la mandíbula, a veces se me acelera el corazón, a veces se me llena la cabeza de pensamientos en bucle, a veces simplemente me quedo sin energía…
He aprendido que el estrés emocional y el laboral no siempre hacen ruido. A menudo llegan en silencio y se instalan a sus anchas, sin avisar, convenciéndonos de que esto es lo normal, y que vivir con el corazón encogido es parte de la vida adulta.

Esto me recuerda que en diciembre despedimos a Chunky, y con él se cerró una etapa entera de nuestra vida. No se fue solo un perro; se fueron años de rutinas, de risas, de compañía en los días difíciles.
Su ausencia dejó un silencio raro, y un hueco que ocupaba toda la casa. Lo lloré como se lloran los capítulos que no quieres terminar, como se llora cuando comprendes que algo no volverá a repetirse igual.
Y, sin embargo, hace poco llegó Neo. Revolucionado, torpe, gracioso. Un cachorro que muerde zapatillas, que tropieza con sus propias patas y que, sin saberlo, nos devuelve la risa. Nos obliga a salir aunque no apetezca, a caminar aunque el cuerpo esté cansado, a sonreír incluso cuando el día pesa más de la cuenta.
La vida tiene esa forma curiosa de romperte un poco y, casi sin avisar, ofrecerte algo que vuelve a abrir ventanas. Y sí, yo también he necesitado ventanas, y por eso estoy hoy aquí.
Esta mañana he caminado sola por las calles soleadas de Huelva. Me fijé en algunas personas esperaban a que el churrero les atendiera, en un hombre mayor que leía el periódico en un banco, en mujeres que hablaban de sus cosas en mitad de la calle… Y sentí como el tiempo aquí siempre se detiene, y me deja respirar.

Respiré sin mirar el reloj, sin preparar la siguiente reunión, sin pensar en cómo encajar el siguiente golpe. Respiré y sentí la tranquilidad que da el hogar y el calor de los tuyos.
Aquí no tengo que demostrar nada, no soy la que sostiene. Aquí soy la hija que vuelve, la amiga que llega a la fiesta, la hermana que viene con la mochila a cuestas. Aquí soy la mujer que mira el mar y recuerda quién era antes de irse a vivir fuera.
Para mí venir a España no es huida, es una reparación necesaria para mi salud mental. Volver a mi tierra es un acto de supervivencia emocional. Es aceptar que no siempre puedo con todo.
Volver a Huelva me recuerda que hay que saber cuándo parar. Porque quizá la verdadera fortaleza no está en aguantar sin descanso, sino en atreverse a decir: necesito aire, necesito luz, necesito volver.
Y que volver no es retroceder, es recomponerse. Porque ser una Mujer Valiente no es no caer, es saber dónde volver para levantarse de nuevo.
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