El duelo de una expatriada y su compañero más fiel

Cuando el duelo deja la casa en silencio

Vivir fuera te obliga a aprender a despedirte más veces de las que te gustaría. De personas, de lugares, de rutinas y, a veces, de versiones de ti misma. Sin embargo, nunca imaginé que una de las despedidas más duras de mi vida tendría cuatro patas.

La noche del 22 de diciembre, mientras muchos seguían celebrando con alegría el premio que les había tocado, yo lloraba con impotencia por la muerte inesperada de mi querido Chunky.

Para quienes no sepan quién era Chunky (también conocido como Chanquete), era mi perrete adorado, un miembro más de la familia y la presencia que más cariño y consuelo me regalaba en casa. Chunky era amor incondicional, compañía absoluta y refugio en cada momento en que lo necesitaba.

Quizá os estéis preguntando qué tiene que ver esta historia con la sección Expatriadas de Mujeres Valientes. Tiene que ver, y mucho. Cuando vives fuera, no todo el mundo entiende tu vida ni tus decisiones. Pero hay seres que no necesitan comprenderlas, solo estar, acompañar y sostener.

En mi caso, Chunky llegó a mi vida en plena pandemia. Y antes de que alguien piense que fue una excusa para salir más de casa, conviene aclarar que aquí nunca se nos prohibió salir. Al contrario, se nos animaba a hacerlo por nuestra salud mental, siempre al aire libre y sin relacionarnos con otras personas. En aquel contexto, nos mudamos a una casa con jardín y pudimos hacer realidad el sueño de tener una mascota en la familia.

Creo que pocos perros han sido tan mimados y queridos como el mío. Hacíamos mil planes con él, dábamos largos paseos por parques y bosques y, gracias a Chunky, descubrimos amaneceres y atardeceres que quizá de otro modo habrían pasado desapercibidos. Me hizo mirar este país de otra manera, disfrutarlo como no lo había hecho antes y, sobre todo, me hizo muy feliz.

Con el Brexit desaparecieron los pasaportes para animales y, desde entonces, cada vez que hay que salir del Reino Unido con un perro tienes que pagar un certificado bastante caro que solo es válido durante tres meses y que, además, te permite salir y volver una sola vez. A esto se suma que en Inglaterra no está permitido que los perros viajen en avión.

Aun así, nosotros nunca quisimos dejar a Chunky solo. Lo llevamos a España en coche en más de una ocasión; otras veces lo dejamos con una pareja que lo quería muchísimo, pero nos ausentábamos por periodos cortos; y en otras, mi marido y yo nos turnábamos las vacaciones para quedarnos aquí con él.

Por desgracia, en este último viaje a España Chunky falleció en un trágico accidente y, con él, desapareció toda la alegría de la Navidad. Teníamos mil planes con la familia, habíamos quedado con muchos amigos y soñábamos con paseos tranquilos por la playa de Punta Umbría con Chanquete, pero no nos dio tiempo a cumplirlos.

Decidimos volvernos a Inglaterra ya que realmente no íbamos a disfrutar de estas fiestas, y además, teníamos la necesidad de volver a casa y recoger todas las cosas de Chunky, y llevar nuestro duelo lejos de las Navidades familiares españolas.

Pienso que cada persona responde de diferente manera al duelo, y para mi el duelo por Chunky está siendo más duro de lo que imaginaba. El duelo por un animal suele vivirse en silencio. Como si no tuviéramos derecho a llorar tanto por alguien que no habla nuestro idioma, cuando en realidad él lo entendía todo.

Estos días no he podido dejar de pensar en la dueña de Boro, el perrito desaparecido tras el trágico accidente de los trenes que ha golpeado a mi tierra. Imagino su angustia, esa espera imposible, ese no saber. Nunca he entendido por qué se contraponen los dolores, como si amar a un animal restara importancia al dolor humano. El cuidado, la búsqueda y el respeto deberían extenderse a todos los seres que quedan atrapados en una tragedia así.

Cuando volvimos en diciembre, lo primero que hice al llegar a casa fue abrigarme bien y salir a pasear sola por uno de los parques a los que solía llevarlo. Necesitaba verme allí sin él y despedirme. De vez en cuando me detenía y miraba a mi alrededor, esperando que apareciera detrás de algún árbol, trotando como siempre, tan alegre, pero no aparecía y el corazón se me encogía un poco más.

La pena y la culpa por no haber llegado a tiempo para salvarlo pesan tanto que, a veces, cuesta creer que este dolor vaya a aflojar algún día. Intento ser positiva, recordar todos los momentos bonitos que compartimos y decirme que este dolor pasará, pero hay momentos en los que duele demasiado como para pensar más allá.

Para aliviarme un poco, en un rinconcito del salón que tanto le gustaba a Chunky, he colgado una veintena de fotos que nos recuerdan lo felices que hemos sido estos cinco años y medio a su lado.

Ya no hay pelitos blancos por la casa ni huellas de sus patas en los cristales del jardín. No se escuchan ladridos cuando llaman a la puerta ni cuando los zorros aparecen al caer la noche. Mi marido y yo comentábamos hoy que nunca habíamos tenido la casa tan limpia y es verdad, nunca había estado tan ordenada, ni tan triste.

No sé cuándo este dolor empezará a hacerse más llevadero. Solo sé que amar con esa intensidad deja huella, y que, aun sabiendo cómo termina, volvería a abrirle la puerta de casa una y mil veces.

Quizá de eso va también ser valiente, de permitirnos querer sin medida, incluso cuando sabemos que un día tocará despedirse.

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Diana Granada
dianagran1@hotmail.com
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