
25 Sep Cuando llega de nuevo la alegría

Quienes han tenido un perro saben que su presencia cambia por completo una casa. De repente, hay alguien que te espera detrás de la puerta, que celebra tu llegada como si llevaras meses fuera, aunque solo hayas salido cinco minutos a comprar el pan. Alguien que te obliga a levantarte, a salir, a respirar aire fresco y a desconectar, aunque sea durante el tiempo que dura un paseo.
Pero cuando vives lejos de tu país, de tu familia, de tus amigos de siempre y de todo aquello que durante años llamaste hogar, un perro puede convertirse en algo todavía más importante: en compañía, estabilidad, refugio emocional y familia.
Nosotros ya lo sabíamos porque tuvimos durante cinco años a Chunky, pero cuando falleció lo pasamos realmente mal. Quienes nunca han tenido un animal quizá no comprendan la magnitud de ese dolor. A veces incluso parece que hay que justificarlo, como si perder a un perro fuese una pérdida menor. Pero Chunky no era “solo un perro”, él era parte de nuestra familia, de nuestras rutinas y de nuestra historia. Estaba presente en los días felices y también en los difíciles, en los momentos importantes y en esa vida cotidiana que aparentemente no tiene nada de especial hasta que alguien falta.
Su muerte dejó un silencio enorme en casa. Durante un tiempo pensamos que no volveríamos a tener otro perro y, no porque no los quisiéramos, sino precisamente porque sabíamos cuánto se les llega a querer y lo mucho que duele despedirse de ellos. Volver a empezar significaba aceptar que, algún día, tendríamos que volver a pasar por lo mismo.
Y entonces llegó Neo, un precioso cachorro lleno de energía. Lleva ya ocho meses con nosotros y, aunque ningún perro sustituye a otro, porque cada uno ocupa un lugar diferente, Neo ha llenado nuestra casa de vida. Ha traído carreras por el pasillo, juguetes repartidos por todas partes, paseos aunque llueva, travesuras, muchas travesuras, algunas preocupaciones y muchas risas. También nos ha recordado algo que después de perder a Chunky parecía imposible: que el corazón no reemplaza, sino que se ensancha para hacer sitio a un nuevo amor.
Neo es un Parson Russell Terrier, lo que significa que tiene energía, carácter y una curiosidad prácticamente inagotable. Hay días en los que parece convencido de que su misión en el mundo es vigilarnos a todos, perseguir cualquier cosa que se mueva y conseguir un premio más, aunque acabe de recibir uno. Pero también es cariñoso, sensible y profundamente familiar. Nota cuando alguien está triste, se acerca cuando hay tensión y consigue arrancarnos una sonrisa incluso en los días más complicados. Y eso, cuando no estás en tu país, tiene un valor difícil de explicar.
Vivir en el extranjero puede ser una experiencia maravillosa, pero también supone convivir con una nostalgia que aparece cuando menos lo esperas. Está en los cumpleaños que te pierdes, en las comidas familiares a las que no puedes asistir, en las llamadas que nunca sustituyen a un abrazo y en esos momentos en los que desearías estar más cerca de los tuyos. Un perro no elimina esa ausencia, pero hace que el lugar en el que vives se parezca más a un hogar.
Además, aporta estructura a los días. Cuando una está preocupada, triste o cansada, resulta muy fácil encerrarse en sí misma. Sin embargo, un perro necesita comer, jugar y salir… No entiende de agendas imposibles ni acepta que hoy no nos apetezca enfrentarnos al mundo. Nos obliga, con una insistencia cariñosa, a ponernos los zapatos y cruzar la puerta. Y muchas veces ese paseo que comenzamos sin ganas termina siendo exactamente lo que necesitábamos.
Caminar con un perro ayuda también a crear comunidad. Londres puede ser una ciudad extraordinaria, pero a veces también solitaria. Sin embargo, cuando paseas con un perro empiezas a reconocer caras, a saludar a personas con las que probablemente nunca habrías hablado y a saber cómo se llaman todos los perros del barrio, aunque todavía no recuerdes el nombre de sus dueños. Neo no solo nos acompaña, también nos conecta con el lugar en el que vivimos.
Por supuesto, tener un perro implica una enorme responsabilidad. Hay que organizar los horarios, las vacaciones y los días de trabajo. No siempre podemos estar con Neo todo el tiempo que nos gustaría y, como no queremos que pase demasiadas horas solo, hemos buscado alternativas. Ahora contamos con la ayuda de una gran amiga y paseadora de perros a la que Neo adora: mi querida Paqui.
Sin embargo, otra alternativa es BorrowMyDoggy, una comunidad que conecta a dueños de perros con personas de la zona que adoran a los animales, pero que por sus circunstancias no pueden tener uno propio. Pueden quedar para pasearlos, jugar con ellos o cuidarlos durante unas horas e incluso en vacaciones. No se trata de un servicio profesional de paseadores: no hay un pago entre el dueño y la persona que “toma prestado” al perro. La idea es crear una relación basada en la confianza y en el cariño compartido por los animales.
Cuando se hace con responsabilidad, puede beneficiar a todos. El perro recibe más atención, ejercicio y compañía; sus dueños cuentan con ayuda de personas que llegan a conocerlo bien, y quienes no pueden tener un animal disfrutan de ese afecto y esa conexión tan especial. Naturalmente, es necesario hablar bastante, conocerse poco a poco, hacer varios encuentros y comprobar que tanto el perro como las personas se sienten cómodos antes de dejarlo solo con alguien.
La otra gran cuestión para quienes vivimos fuera es qué hacer cuando viajamos a nuestro país. Para nosotros, viajar a España con Neo requiere mucha más planificación que reservar un billete y preparar una maleta. De hecho, aún no hemos ido con él y no sabremos cuándo podremos hacerlo.
Desde el Brexit, los pasaportes británicos para mascotas dejaron de ser válidos para entrar en la Unión Europea. Para viajar desde Gran Bretaña a España, Neo necesita tener microchip, la vacuna contra la rabia en vigor y un certificado sanitario para animales, conocido como Animal Health Certificate (AHC). Si es la primera vacuna contra la rabia, hay que dejar transcurrir el periodo obligatorio antes de viajar (al menos 21 días completos, aunque conviene confirmar con el veterinario el plazo correspondiente a la vacuna utilizada).
El AHC debe expedirlo un veterinario oficial y hay que entrar en la Unión Europea dentro de los diez días posteriores a su emisión. Además, es necesario llevar los datos del microchip y el historial de vacunación. El certificado sirve después para desplazarse por la Unión Europea y para regresar a Gran Bretaña durante un máximo de seis meses, siempre que el resto de los requisitos continúen cumpliéndose. La información actualizada puede consultarse en la guía oficial del Gobierno británico.
También tenemos que comprobar que la compañía y la ruta elegidas admitan animales. Yo hasta el momento no he encontrado ninguna aerolinea que vuele a Reino Unido y admita perros. Por eso, viajar en coche utilizando Eurotunnel o determinadas compañías de ferry puede resultar más sencillo, aunque cada operador tiene sus propias normas y es imprescindible reservar la plaza del animal con antelación.
Y todavía queda organizar el regreso. Antes de volver de España a Gran Bretaña, un veterinario debe administrar a Neo un tratamiento contra la tenia. No puede hacerse en cualquier momento: debe administrarse entre 24 horas y cinco días antes de nuestra llegada. El veterinario tiene que anotar en la documentación el nombre del producto, la fecha y la hora exactas y añadir su sello y su firma. Un error en el horario o en el documento podría impedirle viajar. También debemos regresar por una ruta autorizada y llevar toda su documentación preparada para los controles. Estos requisitos pueden cambiar, por lo que siempre conviene revisar la información oficial sobre el tratamiento y el regreso antes de reservar.
A todo esto se suman las cuestiones prácticas: encontrar alojamientos que acepten perros, organizar las paradas durante el trayecto, llevar comida, agua, correa, arnés, cama, transportín si es necesario, medicación, seguro y los datos de algún veterinario cercano al lugar en el que vayamos a alojarnos.
No voy a negar que tener un perro complica la vida, la verdad. Requiere tiempo, dinero, paciencia y mucha organización. Hay días en los que me gustaría dormir un poco más y Neo decide que la jornada comienza al amanecer. Hay viajes que deben planificarse con meses de antelación y planes que tenemos que adaptar pensando también en él. Pero todo eso compensa cuando lo vemos correr hacia nosotros al llegar a casa.
Neo no ha borrado el dolor por Chunky, ni queremos que lo haga. Chunky siempre formará parte de nuestra familia y de nuestra historia. Pero Neo nos ha enseñado que, después de una pérdida, es posible volver a abrir la puerta y permitir que entre de nuevo la alegría. Solo lleva ocho meses en casa, pero ya resulta difícil imaginarla sin él.
Porque un perro no soluciona todos nuestros problemas ni sustituye la ayuda profesional cuando la necesitamos, pero acompaña, escucha sin juzgar, nos obliga a movernos, nos hace reír, nos ayuda a relacionarnos y convierte la rutina en algo más amable.
Y cuando una vive lejos de su país, quizá eso sea precisamente lo que más necesita: alguien que le recuerde, cada vez que cruza la puerta, que allí también está su hogar.
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