
16 Sep Valentía VS. Libertad
Lo que llamamos valentía cuando es libertad
La primera vez que decidí ir a bailar sola llegaba de una agotadora semana de formación en un aburrido pueblo a 80 kilómetros de Stuttgart.
Mi avión aterrizó con retraso y me fue imposible convencer a nadie para que me acompañara a quitarme de encima el peso emocional de unas intensas sesiones de liderazgo, impartidas en un entorno en el que había tenido que adaptar mi estilo expresivo de comunicación a otro mucho más racional.
El primer paso fue el más sencillo: darme una ducha y elegir un vestido acorde con el calor de Madrid. Lo más complicado fue escuchar a mi Pepito Grillo repetir las opiniones y advertencias de todas las personas que habían declinado mi invitación.
«Ten cuidado».
«¿Qué vas a hacer tú sola?».
«Ya irás otro día».
«Descansa, que es lo que necesitas».
«La gente va a pensar que no te quiere nadie».
Hasta llegar a la que más me hizo pensar: «Qué valiente eres».
Y entonces me pregunté: ¿de verdad mi valentía se medía porque era capaz de ir sola a bailar?
Después de haber combinado durante años la crianza de dos hijos con un trabajo que necesitaba energía y tiempo a partes iguales; después de atravesar un divorcio doloroso y complicado; de acompañar a mi madre durante la enfermedad implacable de la ELA y ver cómo se iba apagando la persona más importante de mi vida; después de recorrer medio mundo impartiendo formación, lidiando tantas veces con la soledad y la nostalgia de mi familia y de mi hogar…
¿Era eso lo que convertía aquella noche en un acto de valentía?
¿Por qué consideramos valiente que una mujer vaya sola a bailar y no todo aquello que hace cada día para sostener su vida?
Escribir en Mujeres Valientes me parece una responsabilidad. Porque también exige coherencia entre lo que decimos y lo que hacemos. Y esta historia me ha llevado a reflexionar, una vez más, sobre todas esas acciones, decisiones y aportaciones que hacemos diariamente y que pasan inadvertidas. Cuando no son directamente minimizadas, muchas veces somos nosotras mismas quienes les restamos valor.
Hemos aprendido algunas cosas demasiado bien. Por ejemplo, que no está bien hablar demasiado de nuestros logros; que es mejor esperar a que los demás se den cuenta de lo que hacemos; que reconocer nuestro esfuerzo puede parecer arrogancia; que ocupar demasiado espacio puede incomodar, que quizá todavía no estamos suficientemente preparadas.
Y así vamos acumulando pequeñas renuncias que, con el tiempo, podemos llegar a confundir con decisiones propias.
Pero no todo tiene que ver con querer ser visibles. Una mujer puede querer dar un paso al frente o no hacerlo. Puede aceptar una promoción o rechazarla. Puede querer destacar o preferir pasar desapercibida. Puede vestirse de negro porque le gusta o porque no quiere llamar la atención.
No hay un único modelo de mujer valiente. Ni siquiera tenemos que querer serlo.
La cuestión, para mí, está en otra parte. ¿Estamos eligiendo o estamos obedeciendo?
Porque el problema no es que una mujer sea visible o invisible. El problema es no saber si está eligiendo desde la libertad o simplemente siguiendo una idea que aprendió hace mucho tiempo sobre cómo debería comportarse.
Por eso quizá la pregunta no sea cuánto miedo tenemos, sino de dónde viene ese miedo. ¿Cuántos de nuestros frenos son realmente nuestros y cuántos están hechos de opiniones, expectativas y advertencias que hemos escuchado tantas veces que acabamos convirtiéndolas en nuestra propia voz?
¿Qué cosas haces porque quieres?
¿Y cuáles porque has aprendido que eso es lo que se espera de ti?
No necesitamos ser más visibles.
Necesitamos ser más conscientes de por qué elegimos mostrarnos o escondernos.
Y entonces recuerdo la cara de Pablo.
Después de escucharme contar la historia y alabar mi valentía, le expliqué que él también iba siempre solo a bailar.
Lo miré con admiración y le dije:
—Tú también eres muy valiente.
Su cara fue inolvidable.
Soy Ana Lara y soy, además de valiente… LIBRE.

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