Mujeres reales Vs mujeres perfectas

Mujeres reales Vs mujeres perfectas

Mujeres reales Vs mujeres perfectas

Mujeres reales Vs mujeres perfectas. Mujeres Valientes.

¿QUÉ COSAS NOS PROVOCAN SUFRIMIENTO?

En más de una ocasión me he referido al sufrimiento de la misma forma. Seguro que, en alguna ocasión, habéis tenido una conversación que ha rozado el matiz de profunda, con alguien con quien no teníais suficiente confianza y de camino a casa habéis pensado que no somos tan diferentes. Sufrimos por las mismas cosas, pero nos diferenciamos en cómo percibimos e interpretamos el sufrimiento, en cómo lo gestionamos y en la utilidad o significado que le damos.

Decía Ellis que “las personas no se alteran por los hechos, sino por lo que piensan acerca de los hechos”, de ahí la importancia del sentido y valor que le damos a lo que pasa.

¿Qué nos causa sufrimiento?

Nos causa sufrimiento la enfermedad y la muerte. Nos causa sufrimiento la incertidumbre, la indecisión, la desidia de algunas personas y nuestra propia desgana. Nos causa sufrimiento el no estar a la altura, el que no recibamos al menos en la medida en la que nos estamos dando. Sufrimos cuando nos defraudan, cuando nos ignoran, cuando no nos tienen en cuenta, cuando nos hablan mal o cuando nos faltan el respeto.

Sufrimos cuando “lo damos todo” en una entrevista de trabajo y no nos llaman, cuando nuestro responsable no pone en valor nuestros méritos, cuando quieren tapar nuestra valía jugando sucio. Sufrimos cuando nos manipulan, nos engañan o cuando quieren controlar “nuestras ganas”.

Sufrimos cuando nos acorralan, no nos escuchan, nos roban la voz, sufrimos cuando intentan callarnos la boca

Sufrimos por la injusticia, por la desigualdad. Sufrimos por la falta de oportunidades o cuando vemos que alguien que aparentemente lo tiene todo, le faltan ganas por comerse el mundo. Sufrimos cuando nos piden explicaciones de nuestra libertad, sufrimos por el miedo que los que tienen miedo proyectan en nosotros, sufrimos cuando lo que quieren es quitarnos la razón y las ganas.

Sufrimos cuando somos complacientes en vez de imperfectos. Sufrimos cuando nos corrigen por ser valientes, seguros y extremistas en esa búsqueda insaciables de nosotros mismos. Sufrimos cuando tachan de impulsivo ese nuestro saber qué es lo que queremos por encima de todas las cosas.

Hoy vengo a decirte que el precio que decides pagar por renunciar a quien eres en favor de quienes quieren que seas no merece la pena

Nos hace sufrir la complacencia, ese querer agradar a todos a costa incluso de nosotros mismos. Esa empatía exacerbada llevada al extremo convertida en servilismo, esa anulación de nuestros propios deseos. Nos hace sufrir la fortaleza elevada al mayor exponente. Nos dicen e incluso nos enseñan a poder con todo. Y nos lo dice la televisión o lo vemos en las vallas publicitarias que se cuelan en nuestro cerebro, casi sin orden ni permiso, directas a trasladar el mensaje a nuestra parte más emocional y más reactiva.

Lo vociferan las redes sociales con esa pseudopsicología positiva que más que eso, es una evitación de las debilidades y del sufrimiento a toda costa. Nos provoca sufrimiento esa incapacidad que tenemos para gestionar la frustración, cuando lo real se aleja de lo que proyectamos, cuando nos oponemos a las circunstancias, cuando cuestionamos la realidad.

Nos causamos dolor nosotros mimos con nuestro arsenal de emociones autodestructivas, con nuestro yo interno juzgándonos y recordándonos que tenemos que esforzarnos siempre un poco más, aunque eso en situaciones concretas sea casi imposible.

Nos causamos dolor pensando que ya es tarde o que no podemos ¿No podemos o no queremos?

Porque resulta que el dolor y el sufrimiento cuando acampan, ocupan un territorio, lo dejan devastado y desolado. Y si hablamos en términos de “economía del sufrimiento” quizás lo que nos pida el cuerpo y con el argumento que nos trajine la mente no sea otro más que: “pero si llevo toda la vida siendo así y me quieren así ¿Ahora voy a cambiar?”.

Claro como si realmente deseásemos el martirio y el machaque al que nos sometemos todos los días y no solo a nosotros mismos ya que no podemos restarle importancia al “malestar acostumbrado” al que sometemos a nuestro entorno, que naturaliza en vez de enfrentar como mera herramienta de supervivencia.

Sufrimos por esa tendencia casi de fábrica por intentar controlar lo que venga y que en la mayoría de los casos nunca llega, pero no importa, ahí estamos, porque pensamos que hay que estar preparados para lo malo y no sabemos que eso no es más que abrirle la puerta a la preocupación. Una preocupación (la mayor parte de las veces) innecesaria e irreal puesto que quizás ni siquiera suceda, pero se convierte prácticamente en una necesidad esto de estar preocupados.

Sufrimos por la búsqueda de la perfección hasta el punto de llegar a pensar que no existen decisiones acertadas o desacertadas sino decisiones irreversibles y eso nos paraliza, nos condiciona, nos coarta y no nos deja ser nosotros mismos eligiendo y con capacidad de decisión.

La cultura y los estilos educativos en los que nos hemos visto envueltos, ha usado la perfección como su herramienta más poderosa y por eso la mayoría de las mujeres tienen que ser esposas perfectas, madres intachables y amas de casa ejemplares.

¿Y mujeres reales?

Porque no sé lo que hacen las madres perfectas, ni las esposas perfectas, lo que sí que sé es que las mujeres reales…

… las de carne y hueso, esas dejan el cristal de la mesa sucio, el marco del cuadro con polvo hasta mañana que es el día que toca limpiar, los cojines del sofá desordenados antes de irse a la cama y algún que otro plato en el fregadero hasta el día siguiente y lo siento mucho por quienes no conciben una vida un pelín menos perfecta y más plena.

Y esto enlaza con la incapacidad que tenemos de decirle al vecino de enfrente “cheeeeeee hasta aquí hemos llegado” cuando viene con su saco de problemas y nos lo tira en el descansillo de nuestra puerta. O cuando nuestro jefe quiere saltarse nuestros principios o cuando nuestra compañera de trabajo quiere marcarnos sus pautas y nos quedamos callados por miedo ¿miedo a querernos a nosotros mismos?.

Pues eso, que más vale un límite a tiempo y un no bien dicho que soportar la carga de no habernos puesto en nuestro sitio esperado a que lo haga otro. Oye y ¿Qué es esto de los límites? Pues nuestra parcelita, ese círculo que dibujamos en la arena de playa para que nadie entre.

Un límite es una caricia a nosotros mismos, una puesta en valor hacia nuestra persona, un me importo más grande que una casa

Y es que no son los acontecimientos en sí los que causan los estados emocionales, sino la manera en la que los interpretamos, la percepción que tenemos de ellos, la forma en la que elegimos vivirlos.

Seguro que más de una vez hemos oído ese “no sufras“ o “no llores” consejos más que bien intencionados, pero fuertemente contraproducentes.

Las emociones tienen una utilidad en nuestra vida, es por ello que es necesario que no las evitemos, que las dejemos entrar, que las escuchemos, las sintamos, las interpretemos y demos una respuesta acorte. Cuando una emoción aparece es para decirnos algo, pero hay algo que debemos tener claro una cosa es invitar a una emoción a pasar y otra muy diferente prepararle la habitación de invitados, dejar que se quede.

 

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