
16 Feb Maruja Mallo: La libertad que no se apaga

Maruja Mallo… La voz de la mujer en el arte
Desde hace casi cuatro meses, quienes se acercan a la plaza de Juan Goytisolo, en Madrid, pueden contemplar en la fachada del Museo Reina Sofía una gran reproducción de uno de los cuadros más emblemáticos de Maruja Mallo, perteneciente a su célebre serie Verbenas.
Me produce una especial alegría que la institución referente del arte contemporáneo español dedique, por fin, una exposición retrospectiva a una de las figuras más relevantes del siglo XX. Durante décadas, Mallo quedó fuera del relato principal de la modernidad española. Esta muestra le devuelve el lugar que siempre debió ocupar.
También nos permite desmontar el mito de que en la Generación del 27 no hubo mujeres. Sí las hubo. Y brillantes. Pero la historia se encargó de relegarlas a los márgenes, invisibilizándolas en los libros y en la cultura popular.
La exposición —que puede visitarse hasta mediados de marzo— reúne más de cien obras entre pinturas, dibujos y fotografías. A través de ellas descubrimos a una artista vanguardista, de trayectoria sólida y valiente, con un papel destacado no solo en la Generación del 27, sino también en el surrealismo y, por supuesto, en la construcción de un nuevo modelo de mujer en la sociedad española: moderna, activa, libre y profesional.
Maruja Mallo —con quien descubro que comparto nombre y apellido pues su verdadero nombre era Ana María Gómez González— nació en Viveiro (Lugo) el 5 de enero de 1902 y falleció en Madrid el 6 de febrero de 1995, tras pasar más de veinticinco años exiliada en Buenos Aires al término de la Guerra Civil española.
Su formación transcurrió en diferentes ciudades y entornos, en parte debido al trabajo de su padre, que llevó a la familia a trasladarse a Avilés y más tarde a Madrid, donde entró en contacto con la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando. A lo largo de su vida mantuvo intacto un espíritu libre e independiente. Su relación con figuras como García Lorca, Salvador Dalí, Margarita Manso, Luis Buñuel, Rafael Alberti o María Zambrano marcó un punto de inflexión. En ese entorno consolidó su rebeldía, su excentricidad creativa y su firme defensa de la mujer libre y emancipada.
Junto a Lorca, Dalí y Manso protagonizó un gesto que hoy puede parecernos sencillo, pero que en su momento fue profundamente transgresor: quitarse el sombrero en plena Puerta del Sol como acto simbólico de liberación frente a las normas sociales. En una época en la que cubrirse la cabeza era sinónimo de decoro y obediencia, mostrarse descubierto era reivindicar la libertad de pensamiento.
Aquella escena provocó un gran revuelo y fue, en realidad, una declaración de intenciones que se materializó en la creación de “las sinsombrero”, un grupo de mujeres artistas, escritoras y filósofas que defendían, desde la creación, una nueva identidad femenina. La mujer dejaba de ser musa para convertirse en sujeto activo, con voz propia y dueña de su destino.
Sin embargo, aquel incipiente sueño de igualdad se vio truncado por la Guerra Civil. El conflicto silenció muchas voces y las sumió en un largo olvido. Maruja Mallo se vio obligada a exiliarse, llevando consigo, a miles de kilómetros, su talento y su deseo de transformación. El exilio no solo supuso distancia geográfica, sino también invisibilidad y pérdida de reconocimiento en España, pero no en Argentina donde no dejo de trabajar y de seguir modificando su mensaje creativo.
Recorrer hoy la exposición es asistir a la evolución de una conciencia artística y vital. En sus primeras series tras el exilio encontramos figuras femeninas de resonancias clásicas —diosas, damas oferentes— que reivindican dignidad y fortaleza. En Estampas, contrapone la imagen de la mujer deportista y vital en la naturaleza frente a figuras cosificadas como maniquíes o estatuas. En Verbenas, estalla el color, la crítica social y la diversidad; comienza además a incorporarse a sí misma en la obra, hasta convertir su propia imagen en motivo central a través de la fotografía.
Al salir de la exposición que he recorrido por tercera vez pienso que quizá el mayor legado de Maruja Mallo no está solo en sus cuadros, sino en su actitud. En esa decisión íntima de no renunciar a quien era, incluso cuando el contexto no acompañaba.
Esa misma determinación es la que veo cada día en las mujeres que acuden a mis formaciones: el deseo de expresarse con claridad, de liderar con coherencia y de superar sus miedos.
Porque la voz no se hereda. Se descubre, se entrena y se fortalece. Y cuando una mujer decide ocupar su lugar con seguridad y autenticidad, no solo transforma su propia trayectoria: amplía el horizonte de todas.
Quizá esa sea hoy nuestra verdadera responsabilidad: no volver a permitir que el talento femenino quede en silencio.
Maruja Mallo no fue una excepción aislada: fue una mujer valiente.
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