Maltrato normalizado... ¿Cuestión de educación?

Maltrato normalizado… ¿Cuestión de educación?

Maltrato normalizado... ¿Cuestión de educación?

 

Como siempre, es un placer estar con vosotras, escribiendo de nuevo para Mujeres Valientes.

La verdad es que este artículo, me ronda la cabeza casi desde que conocí a la protagonista de nuestra historia, y desde entonces, llevo pensando también no sólo en qué quería, sino también en cómo abordarlo.

Nuestra protagonista de hoy, a la que llamaremos Rocío, es una Mujer Valiente así, con mayúsculas, y además es una valiente de verdad.

Rocío llega a nuestro despacho, dentro del Turno de Oficio, habiendo denunciado a lo largo de los años, diversos delitos que su ex marido había cometido dentro de la familia, y sin saber exactamente para cuál de todos me habían designado a mí.

Así que, a la espera de que pudiéramos comprobar documentalmente en el Juzgado para qué era exactamente mi designación, le digo que me lo cuente todo.

El chico de prácticas y yo, estuvimos casi toda la mañana escuchándola. Su historia es desgarradora hasta decir basta, y tiene episodios de esos que dan lastima oír.

Rocío, con casi 50 años, ha sido víctima de malos tratos desde que con 15 añitos recién cumplidos, tuvo la desgracia de encontrarse con su agresor por el camino.

 

El maltrato normalizado es algo que las chicas jóvenes asumen en su día a día

 

A partir de ahí comenzó un calvario de relaciones sexuales no consentidas, malos tratos físicos y psicológicos, agresiones a sus hijos, persecuciones en la calle, y un largo etcétera. Tanto es así, que Rocío, con la madurez, decide dejar a su marido, y romper totalmente con su vida.

Coge a sus hijos y, sin más, sin pertenencias casi, cambia de ciudad, cambia de trabajo, cambia de amistades; y deja todo, absolutamente todo lo que no son sus hijos, detrás.

La historia de Rocío es larga, larga y lastimera, y es una de esas ojalá algún día no tengamos que escuchar de boca de ninguna mujer pero, dentro de mi oficio, y por desgracia, tenemos que oírlas más a menudo de lo que nos gustaría.

Es por eso que, con ciertas cosas, vamos ya casi con el piloto automático puesto, sabiendo casi con exactitud todo lo que nos van a contar.

Tanto es así que Rocío, en una frase, genera en mí, sin saberlo siquiera, un efecto de dejá vú:

“El sonido de las llaves Tamara, el sonido de las llaves. Yo nada más escuchar el sonido de sus llaves en la puerta, ya sabía si la cosa estaba bien, o si le tenía que decir a mis hijos que corrieran las escaleras para arriba, y se escondieran en su habitación, porque ya sabía yo que nos pegaba.

Como digo, no es la primera vez que  oigo estas palabras, y no sé si es precisamente por eso, por lo que causaron ese efecto en mí. Me dio cierto vértigo pensar en cuántas víctimas hay aún en nuestro país que esperan ansiosas y en silencio, oír el ruido de las llaves de su agresor en la puerta, para saber cómo acabará su día.

Y es por eso que quise escribirlo, quise compartirlo con el mundo. Por eso y porque, como digo, el relato de Rocío, entrañaba ciertos arquetipos del maltrato que me parece necesario enmarcar. Rocío cuenta, como os digo, que conoció a su agresor cuando ella tenía 15 añitos.

 

Y evidentemente, lo primero que hizo él no fue pegarle una paliza

 

El maltrato nunca empieza así. Y es necesario que lo repitamos hasta la saciedad, que lo digamos alto y claro, las veces que haga falta. Porque, con esas edades, las cosas empiezan de una manera mucho más sibilinas.

Lo que cuenta Rocío, y como ella tantas otras, es que él empezó a ser un poco celoso, luego bastante celoso, y luego celoso hasta decir basta.

Que antes de pegarle por primera vez, ya había empezado con éxito una campaña para alejarla de sus amigas, de sus familiares, para que dejara de estudiar, y la fue reduciendo poco a poco, de una muchacha con ganas de vivir y de comerse la vida, a la muñequita de trapo que fue durante tantos y tantos años. Ella misma me lo contaba así:

“Mira Tamara, cuando yo me decidí a contar lo que estaba pasando, mi padre, que no lo quería a él ni en pintura, me recordó una cosa.

 A mi madre de toda la vida le había encantado coser, y siempre estaba haciendo cosas para mis hermanas y para mí. Y yo estaba antojada de una falda que había visto en la tele, y la pobre de mi madre compró sus telas y sus cosas y me la hizo.

Total, que tendría yo 16 años o 17, y había estado arreglándome para salir con él. Cuando él me vio bajar a la calle con esa ropa, me dijo que me la quitara, que así no iba a ninguna parte. Yo volví a subir y me cambié de ropa.

Recuerdo que mi padre estaba leyendo, y levantó la vista y me dijo que por qué me había cambiado. Yo, como sabía que mi padre no quería nada con él, le dije que hacía frío y que estaba muy incómoda con la falda. Y me fui a la calle.

Pues Tamara, cuando yo le conté a mi familia todo lo que había estado viviendo, mi padre me recordó ese día y me dijo:

– Ese día ese día… Ese día firmaste tu sentencia de muerte, y yo lo sabía y no me dejaste hacer nada.”

 

 Por eso me parece tan importante que la historia se cuente, como digo, las veces que haga falta porque no se puede normalizar el maltrato

 

Porque igual que te encuentras con historias como las de Rocío, de años y años de malos tratos, te encuentras también con otras. Historias de chicas mucho más jóvenes, que han normalizado que sus parejas les digan cómo tienen que vestir, o que les espíen los móviles, o les «armen un número» porque han estado hablando con tal o cual chico.

Y no comprenden la gravedad del asunto. Cuando te las encuentras, y le pones nombre a lo que te están relatando, siempre te dicen lo mismo, que no, que ellos no les han pegado nunca.

Es que se hace tanta falta y es necesario una educación, desde la más tierna infancia. a este respecto, porque no puede dejarse por más tiempo. Esos comportamientos no son normales, y no deben ser tolerados.

Es preciso que las chicas sepan identificarlos desde el principio, para poder cortarlos, extirparlos de raíz. Y deben hacerlo sin dejar la más mínima posibilidad al perdón, o a la reconciliación.

Porque mientras no sea así, las historias como las de Rocío van a seguir repitiéndose

Es por eso que quise dejar por aquí su historia, y si le sirve sólo a una chica para atajar con esto, habrá valido la pena.

 

 

 

Tamara Huelga Gutiérrez
tamara.abogados.h@gmail.com
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