Johanna van Gogh-Bonger. La guardiana del universo de Vincent

 

 

Johanna van Gogh-Bonger… la sombra de Van Gogh

 

¿Y tú, pintas? Esta es la pregunta recurrente que suele venir después de declarar a alguien mi pasión por el arte. Reconozco que, cuando aclaro que no tengo ninguna competencia pictórica destacable, percibo cierta decepción en mis interlocutores, que termina provocándome una cierta frustración.

Porque amar el arte no significa necesariamente crearlo. En mi caso, mi pasión por las manifestaciones artísticas, especialmente por la pintura, me lleva no solo a disfrutar de ellas, sino también a difundirlas, compartirlas y, de alguna manera, promoverlas y protegerlas.

Esta reflexión me lleva a poner en valor a tantas mujeres que, a lo largo de la historia y muchas veces desde un segundo plano, han sido protagonistas fundamentales en la conservación, la difusión y la defensa del arte.

Si hoy podemos adentrarnos en el universo de Vincent van Gogh, es en gran medida gracias al empeño y la valentía de una mujer: su cuñada, Johanna van Gogh-Bonger. Una gran desconocida para muchos, a pesar de que sus decisiones fueron fundamentales para que la obra del pintor llegara hasta nosotros.

Gracias a la biografía de Johanna publicada en 2019 por Hans Luijten, investigador del Museo Van Gogh de Ámsterdam y basada, entre otras fuentes, en los diarios personales que ella escribió a lo largo de su vida, podemos conocer no solo su trayectoria, sino también las dificultades que tuvo que afrontar su cuñado para encontrar un lugar en el mundo artístico de su época.

El vínculo entre Vincent y su hermano Theo fue profundamente estrecho durante toda su vida. Theo se convirtió en su principal apoyo, proporcionándole recursos económicos, materiales y, sobre todo, la confianza necesaria para que Vincent pudiera seguir pintando a pesar de sus dificultades personales.

En 1890, Vincent falleció. Apenas seis meses después, Theo murió también, dejando a su esposa, Johanna, y a su hijo pequeño una herencia extraordinaria: cientos de pinturas y dibujos de su cuñado, además de la correspondencia que ambos hermanos habían mantenido durante años.

El camino aparentemente más sencillo para una joven viuda de 28 años, con un hijo pequeño a su cargo, habría sido vender aquellas obras y asegurar así su futuro económico. De hecho, hubo quienes se lo aconsejaron.

Sin embargo, Johanna tomó otra decisión. Comprendió que aquellas pinturas representaban mucho más que una herencia material. Eran también el testimonio de la vida, las ideas y la sensibilidad de un hombre al que el mundo todavía no había sabido reconocer. Y, de alguna manera, continuar aquel proyecto se convirtió también en una forma de mantener vivo el legado de Theo.

Con determinación, empezó a relacionarse con el mundo artístico y a recuperar los contactos que su marido había establecido. Prestó obras para exposiciones, facilitó su presencia en galerías y trabajó para que cada vez más personas pudieran descubrirlas. No se trataba simplemente de conservarlas, sino de conseguir que fueran vistas, comprendidas y valoradas.

Poco a poco, la obra de Vincent comenzó a despertar el interés de críticos, coleccionistas y museos. Johanna supo que, para que el arte llegara al gran público, no bastaba con guardar los cuadros: había que sacarlos al mundo.

Y aquí es donde su intuición adquiere una importancia extraordinaria.

Aquello que podría parecer un documento íntimo, destinado a permanecer en el ámbito privado de dos hermanos, se convirtió en una de las claves para comprender al artista: su correspondencia. A través de aquellas cartas, el público podía acercarse a sus pensamientos, sus inquietudes, sus dificultades y su proceso creativo.

Johanna trabajó para editar y publicar las cartas de Vincent, haciendo accesible una dimensión de su vida que permitía mirar sus pinturas con otros ojos. No solo contribuyó a difundir su obra; también ayudó a construir el relato que permitiría comprenderla.

Su legado nos recuerda que detrás de una obra que admiramos puede haber otras personas cuya contribución ha sido decisiva, aunque sus nombres no ocupen el mismo lugar en los libros de historia.

 

El valor de nuestras propias aristas

 

El diamante que cada una de nosotras lleva dentro tiene distintas aristas, y no todas brillan de la misma manera. Sin embargo, con frecuencia nos comparamos con las demás y terminamos restando valor a aquello que nos hace diferentes.

A veces creemos que, para contribuir a algo importante, debemos ocupar el primer plano, ser las protagonistas o destacar por aquello que los demás reconocen y aplauden. Pero la historia de Johanna nos demuestra que existen otras formas de dejar huella: confiar en nuestra intuición, reconocer el valor de lo que otros todavía no ven y trabajar para que ese valor llegue más lejos.

Quizá yo no pinte, pero eso no significa que no pueda contribuir a que el arte siga vivo. Como Johanna, cada una de nosotras puede encontrar su propia manera de aportar, impulsar y proteger aquello en lo que cree.

No todo lo valioso se ve a primera vista, ni todas las contribuciones necesitan ocupar el centro del escenario.

 

Como escribió Antoine de Saint-Exupéry en El principito: «Lo esencial es invisible a los ojos»

 

 

Ana Lara
analaracoach@gmail.com
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