
17 Jun Isabel Roser. Cuando la Sostenibilidad tiene nombre de mujer
Isabel Roser. La protagonista del gran cambio
Ella dice de sí misma que es un bicho raro. También, una mujer que va a contracorriente. Economista de formación, cuando nadie hablaba de medio ambiente y mucho menos de sostenibilidad, allá por el año 92, Isabel Roser ya ponía el foco en la solución de problemas de los que nadie se ocupaba.
Conocimiento y más conocimiento, siempre conectado, para entender mejor el mundo que la rodea y cómo impactar en él de forma positiva. En un entorno que cambia constantemente, Isabel Roser no solo ha observado: ha actuado. Hoy es coordinadora de desarrollo corporativo local en el Pacto Mundial de Naciones Unidas España.
Mª José Andrade.- Vamos a hacer un viaje en el tiempo, Isabel. Vamos al año 92. ¿Cómo era ese “bicho raro”? ¿Cómo era esa mujer que iba a contracorriente y qué viste en el mundo para que empezaras a preocuparte cuando, efectivamente, nadie hablaba de medio ambiente y muchísimo menos de sostenibilidad? Porque de sostenibilidad se ha empezado a hablar relativamente hace poco.
Isabel Roser: Pues era una chica de 18 para 19 años, con su Vespino, ya casi empezando a conducir. Tuve la suerte de que, en mi tierra, en Mallorca, se implantó una de las primeras Agendas Locales 21 del mundo, en el municipio de Calvià. Se la trajo Margarita Nájera desde la Cumbre de Río y la implantó nada más regresar. Y eso a mí me gustó muchísimo: ver cómo alguien estaba pensando en tomar decisiones que tuvieran en cuenta los impactos sociales y medioambientales. Me rompió la cabeza.
Yo ya había empezado a estudiar Empresariales y, en mis primeras clases de Economía, hablábamos de cosas que me generaban un vacío enorme: nadie se encargaba de las externalidades, de toda esa parte de impactos sociales y medioambientales de la actividad económica. Cuando encontré esta veta del desarrollo local sostenible —que empezaba a hablar de cómo integrar todas estas cuestiones e incluso de cómo escuchar—, estos procesos colaborativos y participativos que ahora están tan de moda, esta escucha activa… pues dije: “Uy, esto me atrae muchísimo”.
Y seguí estudiando e indagando, sin internet, porque hablo de una época en la que aún no teníamos internet. Para mí fue crucial irme de Erasmus. En Mallorca no es tan habitual salir de la isla, pero yo tenía esa inquietud de buscar en otros lugares cuáles eran las tendencias y las referencias. Sin internet, insisto
MJAndrade.- Tú estás en medio de la naturaleza y, además, compartes mucho con tu padre, que para ti es una de las personas más importantes porque te va descubriendo cosas que tú no ves. ¿Cómo de importante es tener personas con esos perfiles que te ayuden a descubrir nuevas maneras de ver el mundo?
Isabel Roser.- Bueno, mi padre en ese sentido fue más un activador por reacción que por vocación. Él siempre estuvo muy conectado con el campo, aunque su trabajo no tenía nada que ver. Pero no entendía a qué me quería dedicar. Me acuerdo de que, cuando volví del Erasmus, le dije que quería dedicarme a la sostenibilidad y tengo la anécdota de que pensó que quería trabajar en la industria de los sujetadores, porque “sostén” es sujetador, ¿no? En catalán también lo llamamos así. Y mi padre me decía: “Después de haber luchado tanto, de ser delegada de curso, de irte al extranjero con tus becas… ¿ahora quieres dedicarte a los sujetadores?”. Y yo: “No, papá, esto va de cuidar el planeta y a las personas”.
Creo que se asustó un poco, porque pensó que me tendrían que venir a buscar encadenada a una central nuclear. Y no. Por eso te digo que lo que más me ha costado siempre es reconducir todo esto desde la cordura del modelo económico y empresarial. Y sigue costando, aunque llevemos tantos años en esto.
Para mí también fue crucial encontrar un profesor, un maestro —siempre viene bien tener un maestro— en mi facultad: Antoni Riera, que ahora es catedrático de Economía y Sostenibilidad en la Universidad de las Islas Baleares. Es una referencia en nuestras islas y en el ámbito económico. Él empezó a hablar de ponerle valor de mercado al valor intangible del paisaje. Como tú decías de Mallorca: ¿cuánto vale destruir un paisaje? ¿Cuánto vale, en términos económicos y empresariales, regenerar un territorio si lo destruyes? ¿Podemos volver al punto anterior? Eso para mí fue fundamental.
Luego, esa frase de Machado la uso mucho: “Solo un necio confunde valor y precio”. Muchas veces es lamentable, pero hay que ponerle precio a las cosas para que se entienda su valor. Y esa es una disquisición que, como economista muy comprometida con la sostenibilidad, siempre me ha acompañado. Porque demasiada insostenibilidad nos lleva a un lugar muy peligroso.
Creo que también hay que cambiar un poco el discurso, María José. El otro día lo hablaba con Víctor Viñuales, otra referencia para mí, fundador de la Fundación Ecología y Desarrollo hace más de 30 años. Yo me conectaba a ese internet primario del 93 —el que sonaba, ¿te acuerdas?— solo para visitar su página web, porque iban muy avanzados.
Y le decía: “Estoy un poco cansada de que siempre estemos a la defensiva quienes nos dedicamos a esto, defendiendo que es bueno para la sociedad, para la economía, para las empresas, para las personas…”. Creo que la pregunta es otra: ¿cuál es el modelo alternativo? La insostenibilidad. Porque si no hay sostenibilidad, lo que hay es insostenibilidad. Y eso es lo que deberíamos plantearnos.
Aun así, ahora tenemos muchos vientos a favor, aunque haya ruido. Tenemos muchísimas señales de orientación. Cuando yo empecé, no teníamos datos ni cifras que demostraran lo bueno que es esto para las empresas y para la sociedad. Ahora sí. Y también tenemos datos que demuestran que no tomar medidas nos va a salir más caro que tomarlas. Eso es muy importante: el inmovilismo nos va a salir muy caro.
MJAndrade.- Pero Isabel, tú lo decías antes: salvar el planeta, salvar el mundo.
Isabel Roser.- Salvarnos a nosotros como humanos.
MJAndrade.- Planteas que el planeta es un ecosistema complejo y que solo puede entenderse conectando lo micro y lo macro. Desde ahí preguntas cómo se construyen alianzas reales entre empresas, instituciones, gobiernos y sociedad, y si todos los actores están preparados para sentarse a la mesa con sentido común, generosidad y asumiendo que habrá que pagar un precio y renunciar a cosas para avanzar hacia el bien común.
Isabel Roser.- Sí, ahí yo tengo muy buen maestro: mi amigo, mi maestro y muy querido Ramón Jáuregui. Siempre he tenido en él una inspiración, porque es una persona que busca —y ha buscado siempre— el consenso. Y para mí, María José, ahora toca recuperar precisamente eso: la cultura del consenso, ir más a lo que nos une y no a lo que nos separa. Buscar, aunque tengamos diversidad de opiniones, cómo convertir esa diversidad en riqueza, no en confrontación. Aportar miradas distintas para encontrar el punto de acuerdo y de concordia. Eso es lo que necesitamos.
Yo me especialicé en el tema de las alianzas porque, como tú, creo que es crucial volver a generar esos puntos de sinergia y de intersección. Me acuerdo mucho de los diagramas de la escuela: somos como pequeñas bolitas que necesitan encontrar su zona de conexión. Estamos interconectados, pero hemos perdido esa cultura.
Y lo vemos en las organizaciones: muchas veces escuchas “esto es de este departamento”, “esto es del otro”. Y no. Todos remamos para que la organización salga adelante. Tenemos que aportar lo mejor de nosotros para lo que nos une, no para lo que nos separa.
Para mí es un tema de pedagogía y cultura. Las alianzas no son el ODS 17 en versión romántica. Es que los seres vivos funcionamos en ecosistemas. Llámale ecosistemas o sistemas, pero es esa mirada ecosistémica la que tenemos que recuperar. La posmodernidad nos ha hecho perder conceptos como ciudadanía, vecindad, pertenencia. Decimos “hay que salvar a las abejas”, pero no entendemos por qué: porque son parte del ecosistema, porque polinizan, porque desencadenan toda una cadena de valor. Todos somos eslabones de algún sistema: horizontal, vertical, humano, natural.
Y eso es lo que debemos recuperar. Estamos en un momento en el que hay que entender que no estamos solo en una época de cambios, sino en un cambio de época. Y ese cambio requiere transformaciones culturales. Muchas veces es volver a culturas ancestrales, a cuando no éramos tan tecnificados y existía una vinculación más humana, más capilar, más de piel con piel. Tomar decisiones entendiendo la dependencia que tenemos unos de otros.
Y, sobre todo, necesitamos estar menos enfadados. Necesitamos más humanidad, más cariño, más conexión. De verdad creo que eso es lo que nos salvará. Porque pensar solo en la unicidad, en el “yo”, no nos lleva a ningún lugar bueno.
MJAndrade.- Planteas que vivimos en una sociedad cada vez más individualista y desconectada, donde el postureo y la superficialidad dificultan construir mensajes auténticos sobre sostenibilidad. Preguntas cómo comunicar de forma que trascienda, cómo llegar a una generación que parece distante y cómo crear contenidos que realmente transformen, no solo imágenes bonitas. En definitiva… ¿Cómo lograr que el mensaje cale y llegue “a la parte contratante” para que el cambio sea posible?
Isabel Roser.- Es que, como tú dices, yo también doy muchas charlas y clases en la universidad. Y además tengo hijas, ¿sabes? Dos: una de 21 y otra de 16. Y no, no tengo la fórmula mágica. Creo que tenemos que entender que todo esto se ha construido durante mucho tiempo y que necesitamos darnos también ese tiempo.
Lo que sí creo es que debemos apoyarnos más en la investigación y en el conocimiento científico de la comunicación. Para mí eso es fundamental. No podemos pensar que basta con contratar a cuatro influencers y ya está. Los mensajes tienen que ser creíbles, cuidables y, sobre todo, tienen que ayudar a transitar una transformación. Porque esto es una transformación profunda. Y si queremos cambiar movimientos que ya han transformado la sociedad, tenemos que generar un movimiento transformador equivalente.
Necesitamos recuperar una mirada más paciente, que nos cuesta a todos —a mí también—, pero lo cierto es que lo bueno casi nunca ocurre a corto plazo. Lo bueno suele ocurrir a largo plazo. Y tenemos que identificar bien las palancas que generan cambios reales. Muchos movimientos que hoy parecen espontáneos están muy estudiados: se sabe qué activa a la sociedad, qué la moviliza, qué la transforma.
El World Business Council for Sustainable Development tiene un documento, Visión 2050, donde identifica esas palancas necesarias para impulsar un cambio cultural hacia un mundo sostenible. Hablan de activar la tecnología, las políticas públicas, las finanzas… Todo. Y cuando digo tecnología, hablo en sentido amplio. La idea es capilarizar esas palancas, como si fueran venas, para que el sistema sanguíneo del cambio funcione. Porque al final se trata de convencer.
Siempre decimos “no lo veo”. Pues ahí es donde la comunicación tiene un papel enorme. Yo creo que desde la comunicación —los medios, los comunicadores, quienes crean contenido— hay un trabajo inmenso por hacer. Hay que generar cultura comunicativa en torno a estos temas. Porque es verdad que, en el día a día, quienes trabajan en comunicación suelen tener un pensamiento muy de corto plazo, no de largo.
MJAndrade.- Isabel, ¿no tienes la sensación de que vivimos instalados en una especie de aceleración permanente? Y, sin embargo, este planeta en el que vivimos tiene miles de millones de años. Aun así, convertimos todo en urgencia: “hay que salvar el planeta ya”, “hay que irse a Marte porque aquí no estamos seguros”. Falta un poco de mesura en los mensajes, de poner las cosas en contexto. No sé si compartes esta sensación.
Isabel Roser.- Sí, un poco de mesura, totalmente. Mira, el otro día escuchaba a un científico que decía que es una pena que se esté invirtiendo tanto en la carrera espacial —y ahora, además, con empresas privadas muy potentes queriendo montar plataformas en la Luna— cuando tenemos aquí, por ejemplo, los océanos, que apenas hemos investigado y que son una fuente maravillosa de conocimiento y de vida.
Decía: “Como humanos, deberíamos ocuparnos más de lo que tenemos cerca, no de lo que está tan lejos y tiene un coste de oportunidad tan brutal”. ¿Por qué no nos ocupamos de regenerar lo que tenemos aquí? De regenerar nuestro país hacia el interior, de volver a generar oportunidades. A veces, incluso a nivel personal, parece que tenemos que irnos muy lejos a buscar soluciones cuando quizá las tenemos muy cerca.
Por eso creo tanto en la escucha, en el diálogo, en la concordia. Ahora parece que todo eso está pasado de moda. Parezco una vintage, que lo soy, pero sigo convencida de que lo que ha salvado a las sociedades y a los pueblos ha sido siempre la paz y el diálogo. Las guerras solo llevan a destrucción y a la ganancia de unos pocos. Nadie gana una guerra. No hay ganadores. Lo que sí hay, siempre, son perdedores.
MJAndrade.- Pero Isabel, ¿no crees que aquí también influye la comunicación y el vocabulario que usamos? Porque cuando hablamos de sostenibilidad y quitamos toda esa terminología técnica que cuesta tanto entender y traducir, al final estamos hablando de algo muy sencillo: lo que hacían nuestros ancestros, que era cuidar el medio ambiente, la naturaleza, la cultura y el territorio. Lo hemos comentado otras veces: en una de mis entrevistas salió esa imagen tan nuestra de “sacar la silla a la calle por la noche”. Eso también es sostenibilidad,
Isabel Roser.- Eso también es sostenibilidad, claro que sí.
MJAndrade.- En el mundo rural hay una sabiduría enorme que no se está contando y que, además, el lenguaje técnico de la sostenibilidad aleja a mucha gente. Yo entiendo, y desde mi perspectiva, que se debe traducir. Hacer el discurso más accesible, explicar las cosas desde lo cotidiano —cuidar el campo, aprovechar recursos, entender el territorio— para que cualquiera pueda comprenderlo. ¿Habría que cambiar el discurso, y no solo la comunicación, para que la sostenibilidad llegue de verdad a todo el mundo?
Isabel Roser.- Sí, sí, sin duda. Sobre todo porque parece que esto es solo cosa de unos pocos, y no: esto es de todos. Ese es el punto. Tenemos que hacer incidencia, porque cuando pones el acento en algo, lo significas. Y ahí está el problema: que la sostenibilidad se trate como un adjetivo, cuando debería ser un nombre. Cuando algo es un nombre, tiene entidad, tiene lugar, está instalado. Pero seguimos teniendo la sensación de que hay que defender la lógica ecológica, cuando debería ser lo más natural del mundo.
Y aquí entra la etimología. Yo siempre lo explico en charlas y conferencias: soy economista, y la economía tiene todo que ver con esto. El fundamento de la economía es la administración de recursos limitados. Etimológicamente, “economía” viene de oikos (casa, hogar) y nomos (administración). Es decir: cuidar nuestro hogar. No es una cuestión de ecologistas; es una cuestión de economistas, de economía con K, de oikonomía. Gestionar recursos limitados.
Y eso es lo que hemos perdido: esa vinculación, esa mirada menos virtual y menos tecnologizada. No hablo solo del mundo digital, sino desde la industrialización, cuando pensamos que aumentar la productividad nos haría más libres. Y sí, nos hizo avanzar muchísimo y redujo pobreza. Pero también olvidamos que los recursos no son ilimitados.
Si tú abres el grifo de un aljibe y no entra agua, el aljibe se vacía. Pues esto es igual. Si no repones, si no administras, es insostenible. O mejoras el grifo, o rellenas el aljibe, o haces ambas cosas. Eso es administrar.
Y lo estamos viendo. Estas temperaturas que tenemos ahora lo demuestran. Esta mañana escuchaba en la radio que en Francia ya han fallecido siete personas por la ola de calor, y el Gobierno francés va a abrir un debate para establecer políticas de resiliencia climática. Que a estas alturas estemos aún en eso… es increíble.
El informe Limits to Growth ya decía que, si seguíamos con esta visión ilimitada de extracción y consumo, tendríamos problemas a partir de los 2000. Y así ha sido. Hemos perdido especies, hemos perdido equilibrio. Y entendemos la conexión ecosistémica cuando llegan los problemas, pero ¿por qué no la entendemos para generar soluciones?
Porque hay resistencias al cambio. Y porque muchos sistemas económicos y financieros están construidos sobre modelos de corto plazo. Pero en los procesos de pensamiento sistémico y ecosistémico, en los diálogos de transformación, también hay que integrar a quienes resisten el cambio. Si no, no avanzamos. Hay que escucharlos también.
Nuestra iniciativa tiene más de 25 años a nivel mundial y podemos acompañaros. Como decía aquella canción: “No estamos solos, sabemos lo que queremos y somos muchos”. Y es verdad: somos muchos.
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Pues hemos hablado de muchísimas cosas, querida Isabel: de tomar decisiones, de dar valor al territorio, de regenerar y volver al punto de inicio, de ir a lo que nos une y no a lo que nos separa.
Gracias por ayudarnos, Isabel. Gracias por recordarnos que somos protagonistas de un gran cambio, un cambio para el que tenemos que estar preparados para volver a la Tierra, a nuestra tierra, y transformar desde una mirada paciente, sin prisa pero sin pausa. Para poner el acento, para significar, para que la sostenibilidad tenga un nombre, porque así es como se ancla y así es como cuidamos nuestra casa, nuestro hogar y, en definitiva, nuestro universo.
Isabel Roser, coordinadora de Desarrollo Corporativo Local en Pacto Mundial de Naciones Unidas España, gracias infinitas por esta charla, por ayudarnos a entender tantas cosas, por este rato de debate entre las dos —que también es importante— y por ese pequeño (pero gran) granito de arena que aportas para que entendamos lo que se está haciendo y lo que queda por hacer. Muchísimas gracias.

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