Inma Gómez o el largo camino para “poner de moda lo humano”

Hoy en Mujeres Valientes hemos hablado con una “revolucionaria”. Sí, lo han leído bien. Con una revolucionaria que está empeñada de “poner de moda lo humano” y en remover más de una conciencia. Y es que entrevistar a Inma Gómez es un ejercicio de honestidad y coherencia. Es saber que se va a abrir como “un libro abierto” y que no se va a guardar nada porque nadie como ella para hacer lo que precisamente dice y decir, lo que precisamente hace y en gerundio: #poniendodemodalohumano

Así que, en este momento en el que todo va tan rápido (o eso parece), escuchar a esta mujer es tener la certeza de que, efectivamente y cómo bien afirma sin ningún tipo de duda, “la siguiente revolución será la human”. Y como en Mujeres Valientes también lo somos, queremos saber…

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Mª José Andrade.- ¿Qué es eso de revolucionar lo humano y poner de moda el humanismo?. 

Inma Gómez.- Bueno utilizo la palabra revolución, que a priori puede tener connotaciones negativas. Quizá hablamos de revolución cuando estamos hablando de socavar unos cimientos de algo y volver otra vez, digamos, a revolver esos cimientos para después conseguir un objetivo.

Es una re-evolución, es decir, tenemos que evolucionar de nuevo. Más que quizá, a lo mejor, lo que quiero decir con revolución es que tenemos que re-evolucionar hacia un camino, hacia un objetivo, que es poner de moda lo humano, porque creo que estamos en una sociedad donde lo humano no siempre está de moda. La verdad es que es como un juego de palabras, es como un trabalenguas, pero yo trabajo, me relaciono, tengo familia, vivo, y lo que yo observo, lo que yo siento alrededor, es que no siempre ponemos a las personas en el centro y les damos prioridad, sino que,  estamos defendiendo una individualidad mal entendida que nos lleva, precisamente a eso, al individualismo.

MJAndrade.- Y si hablamos de individualismo, ¿Por qué que nos lo están vendiendo que nos sintamos bien con nosotros mismos y ya, si eso, después con los demás?

Inma Gómez.- Y lo dicen tanto y de tal manera y con tanta insistencia que uno solo mira al botón de la camisa. Mira hacia su ombligo y se olvida de que, al final, somos seres relacionales, que nos tenemos que relacionar con el entorno y que, además, uno de los pilares de un cerebro sano, y esto te lo dice alguien que ha estudiado neurociencia y ha tenido profesores que saben mucho de esto.

MJAndrade.- ¿Y cuál es ese pilar?

Inma Gómez.- Pues precisamente, el sentimiento de utilidad, de ayudar a los demás, relacionarnos con los demás, con lo cual, al final, necesitamos de los demás y los demás necesitan de nosotros. Y mientras nosotros no seamos capaces, o no intentemos, o no pongamos; hagamos esfuerzo y hagamos el propósito de mirar un poco hacia los lados y no tan hacia abajo, hacia el ombligo, esto pinta mal.

MJAndrade.- Mi padre que era sabio decía: “Marí, hija, tú tienes que hacer a los demás lo que tú quieres que los demás hagan por ti”. Y aunque es cierto que en numerosas ocasiones la generosidad se entiende como “ te lo puedo pedir todo porque sé que me lo vas a dar”, son muchos los que se frenan. ¿Se ha perdido esa parte altruista que llevamos todos dentro, de querer lo bueno para todos porque también repercute en nosotros? ¿no nos fiamos o somos egoistas?

Inma Gómez.- Mira, yo te voy a hablar desde un punto de vista personal, pero también científico. La generosidad tiene mucho que ver con la empatía. Si tú eres capaz de ponerte en el lugar de otra persona, de entender qué le está pasando, qué puede estar sintiendo o qué necesidades tiene, es mucho más fácil que seas capaz de ayudarla de una manera altruista y generosa. Porque ahí conectas con la compasión.

Y cuando hablo de compasión no hablo de sentir pena por alguien. Compadecerse es otra cosa. Es comprender al otro, conectar con lo que está viviendo y actuar desde ahí.

Mi madre era tremendamente generosa. Yo, a veces, lo hablo en terapia, porque voy a terapia y lo digo claramente, sin ningún complejo ni prejuicio. Creo que al psicólogo hay que ir como se va al fisioterapeuta: a entrenar la mente, a cuidarla y a aprender a pensar un poquito mejor. Mi terapeuta siempre me decía que yo era una persona generosa porque había vivido la generosidad de una manera tan directa y tan cercana con mi madre que era muy difícil que eso no formara parte de mí.

Mi padre también era generoso, aunque de otra manera. Era un hombre muy trabajador. Y creo que antes, en las familias, los padres o los abuelos te enseñaban a ser generoso simplemente porque tú los veías serlo. Eran tu ejemplo.

Mi madre, por ejemplo, siempre se quedaba con el huevo frito más feo. Si había una comida que nos había gustado mucho y no quedaba suficiente para todos, a ella no le importaba comer otra cosa. Y eso no significaba que se estuviera humillando, ni que se quisiera menos, ni que estuviera perdiendo frente a los demás. Era, sencillamente, su manera de vivir. Ella hacía lo que le dictaba su forma de ser.

Y yo sigo haciéndolo hoy. Si en mi casa hay un huevo que ha quedado un poquito más feo, probablemente me lo quede yo. Y no pasa nada. No siento que me esté maltratando ni queriendo menos por hacerlo.

Quizá influye que tengo más de 50 años y he vivido otra generación. Ahora hay personas que dicen: “¿Y por qué me voy a quedar yo con el huevo más feo? Que cada día le toque a uno”. Y tampoco está mal. Pero, si extrapolamos ese ejemplo a la generosidad, creo que refleja bastante bien lo que nos está ocurriendo. Muchas veces pensamos primero: “Yo quiero este horario, yo quiero este trabajo, yo quiero esto…”, pero pocas veces nos paramos a preguntar al otro: “¿Por qué lo necesitas tú?”.

Yo, por ejemplo, cuando mis hijas eran pequeñas, necesitaba muchísimo el horario de mañana porque ellas estaban en el colegio. Soy funcionaria y tuve compañeros que ya tenían nietos y que preferían también ese horario porque querían disponer de las tardes para pasear o hacer su vida en pareja. Era perfectamente respetable, por supuesto, pero en ningún momento fueron capaces de ponerse en mi situación. Mi exmarido trabajaba fuera y yo tuve que contratar a una persona para que estuviera con mis hijas cuando me tocaba trabajar por la tarde.

Por eso creo que tendemos hacia una sociedad que mira demasiado hacia uno mismo y que, sí, la generosidad se está perdiendo. Pero tampoco pierdo la esperanza.

Yo creo mucho en la energía, en que las personas que vibran de una manera parecida terminan encontrándose. Y lo estoy comprobando en mi propia vida. Cada vez tengo alrededor a más personas generosas, empáticas, personas que conectan con esa manera que yo tengo de entender la vida.

Y para mí la compasión es vital. Creo que una sociedad que no es compasiva está perdida. Así te lo digo.

Vivimos, además, en una sociedad donde muchas veces buscamos el placer inmediato, la fiesta, pasarlo bien, y podemos olvidarnos de algo esencial: somos personas, necesitamos de los demás y los demás también necesitan de nosotros.

Por eso me parece tan importante el voluntariado. A mí me encanta. Creo que ahí aprendes a ser generoso, pero también aprendes a ser agradecido, porque muchas veces no somos conscientes de todo lo que tenemos hasta que conocemos a personas que tienen muchísimo menos que nosotros, por ejemplo en algo tan importante como la salud.

Y he visto personas que se sentían vacías, que no encontraban un sentido a su vida, y que colaborando con asociaciones, ayudando y sintiéndose útiles para los demás, han vuelto a encontrarlo.

Para mí, esa generosidad, esa empatía y esa compasión son pilares fundamentales de nuestra manera de vivir y también de nuestro cerebro.

MJAndrade.- Lo importante es que la felicidad te la da querer y que te quieran. Y, volviendo a la generosidad, creo que estamos cayendo en cierta contradicción: queremos ser generosos, pero al mismo tiempo somos cada vez más individualistas. Y, además, parece que todos tenemos que ser tremendamente empáticos.

Pero, oye, yo creo que a veces estamos sobrevalorando la empatía. A lo mejor esto que voy a decir es políticamente incorrecto, pero cada vez me cuesta más empatizar con los demás. Porque también pienso una cosa: la empatía no tiene por qué ser gratis. No podemos exigir permanentemente a los demás que se pongan en nuestro lugar si nosotros no hacemos también el esfuerzo de ponernos en el suyo.

Inma Gómez.- Yo he tenido que poner límites.

MJAndrade.- ¿Puede ser contradictorio?

Inma Gómez.- A ver, es que una cosa es ser empático y otra cosa es no poner límites. Yo creo que son cosas perfectamente compatibles. Yo trabajo en el Ejército del Aire, y  mi coronel siempre me dice: “El día que tú te tengas que ir, no vas a poder dar el discurso”. Y yo le respondo que lo sé, porque yo me emociono escuchando a mis compañeros. Si me pongo a dar un discurso con esta carga emocional de dejar un sitio donde has trabajado… es que yo tengo un exceso de neuronas espejo, estoy convencida.

La empatía está relacionada neurobiológicamente con unas neuronas espejo que descubrió Rizzolatti hace más de veinte años, un neurólogo y neurocientífico italiano. Están relacionadas con que, cuando tú ves la televisión y ves, por ejemplo, que van a matar a alguien, tu corazón se dispara, porque parece que estás viviendo la misma situación que estás viendo enfrente. Entonces, cuando ves que alguien está sufriendo o que alguien se emociona porque se va, yo lo imito inconscientemente; tengo mucha facilidad para imitar eso.

Pero de ahí a que… por ejemplo, yo tengo un problema con mi perfil de “Poniendo de moda lo humano” en LinkedIn. La gente confunde poner de moda lo humano con que tú, gratuitamente, vas a estar disponible 24/7 para todo el mundo. He tenido que hacer algún post —de hecho, hace muy poco— diciendo “basta ya”.

A mí me escribe gente que económicamente puede ser diez veces más potente que yo, o veinte, o treinta, y quiere que le saque gratis en la entrevista de trabajo. En mi proyecto trabajan tres personas para mí. Yo soy funcionaria, no soy una persona potentada, ni soy empresaria. Y uno me dice: “Pues entonces no pongas de moda lo humano. Si tienes un proyecto y no lo puedes sostener…”. Y yo digo: “Pero es que para hacerlo bien necesito un equipo”. Lo podría hacer yo sola: me pongo una cámara, la enciendo y nos grabamos. Pero quiero que salga bien. Y la gente que pasa por mi perfil luego me escribe y me dice: “Es que ya me sigue mucha más gente, me han salido proyectos”.

Y no, no pasa nada porque yo no gane nada, pero que tres personas que dedican tres horas de su tiempo para que tú salgas guapo, listo y estupendo… ellos no lo van a hacer gratis. Porque tú no eres más que mi equipo, ni eres mejor que mi equipo.

MJAndrade.- Antes decías que habías tenido que poner límites. ¿Te reafirmas?

Inma Gómez.- Me reafirmo: he tenido que aprender a poner límites. Ese es el punto, saber hasta dónde puedes ayudar y cuándo tienes que parar.

Te pongo un ejemplo. Uno de mis últimos posts, que ha tenido más de mil recomendaciones, habla de una camarera que trabajaba en un restaurante al que yo iba mucho a hacer las entrevistas de “Poniendo de moda lo humano”. Ella me lo preparaba todo: las patatas fritas, la cerveza, las plantas, el espacio… Y siempre con una sonrisa y una capacidad de servicio increíble.

Un día me escribió y me dijo: “Inma, me han dicho que soy muy vieja para este puesto”. Pero inmediatamente añadió: “¿Y sabes lo que he hecho? Me he montado mi propio restaurante”. Y yo pensé: “Esta historia tiene que salir en mi perfil”.

A esa mujer no le he cobrado ni un céntimo. Me invitó a una tapa y a una cerveza y dejé claro que aquello no era una promoción. Lo hice porque creía en su historia y quería ayudarla.

Y ahí está para mí la diferencia. Yo sé cuándo quiero poner lo humano de manera gratuita, desde el corazón y dándolo todo, y cuándo tengo que poner un límite y decir: “Oye, esto cuesta 350 euros”. Porque no es lo mismo ayudar a alguien porque sientes que debes hacerlo que ofrecer gratuitamente un trabajo que tiene un valor. Y más cuando quienes te lo piden son directivos o CEOs de grandes empresas.

MJAndrade.- Escuchaba la historia de la señora del bar —que además leí y me pareció preciosa— porque a pie de calle te encuentras historias espectaculares, sobre todo ahora que los barrios se están perdiendo. Cuando la leí pensé: “Esto es poderío”, como decía Lola Flores; un ejemplo de liderazgo femenino auténtico, autodidacta, del que nace de la vida misma. Me recordó a esas mujeres de antes, como mi madre, que sin saberlo ejercían un liderazgo natural y te enseñaban a ponerte en tu sitio. Esa mujer de tu historia es exactamente eso: una historia poderosa y muy bonita. ¿Es esta la clase de historias que más te impactan?

Inma Gómez.- Y hay muchas.  Yo, de hecho, ya estoy saliendo a la calle con la cámara porque yo he hecho televisión y he estado mucho tiempo en La Uno y en Telemadrid. Tengo, digamos, historia de cámara y de televisión. Y me gusta mucho, me gusta mucho el micrófono, me gusta mucho la comunicación. De hecho, ayudo a personas a perder el miedo a hablar en público. Además, lo conecto ahora con la neurociencia y con los másteres que he realizado sobre inteligencia emocional.

Es cierto que a la mujer nos ha costado más, nos ha costado más llegar donde hemos llegado, nos ha costado más demostrar. Siempre parece que, a priori, es como lo de cuando detienen a una persona: es inocente mientras no se demuestre lo contrario; pues una mujer “no es capaz” mientras no demuestre lo contrario. Tenemos siempre como que pelear mucho, demostrar mucho, luchar mucho.

Ahora yo creo que la mujer ha tomado el mando y la batuta y ha perdido el miedo. O sea, creo que ahora todavía hay cuestiones que nos limitan porque seguimos siendo las cuidadoras, tanto de los niños como de los mayores. Eso es indiscutible. Hemos avanzado, pero hasta un punto: la que deja el trabajo para cuidar a sus padres suele ser siempre ella; la que deja el trabajo para cuidar a sus hijos suelen ser ellas también. Pero creo que cada vez más, sobre todo la mujer que ya pasa de 50 años, que ya tiene una trayectoria y una vida, tiene menos miedo. Y entonces, muchas veces, ahora lo que están haciendo —o estamos haciendo todas— es darnos una segunda oportunidad. Es decir, igual dejamos un trabajo que hemos tenido toda la vida porque empezamos y ya nos lanzamos, nos atrevemos a emprender un negocio.

Esta mujer tiene, además, otro hándicap, y es que es ecuatoriana. O sea, no es española. Con lo cual, el hecho de ser mujer, mayor de 50, y que además seas de fuera… pues limita. Hay que luchar contra ese edadismo que nos tiene agarrotados, que nos tiene atados de pies y manos, en mi opinión. Y nosotras tenemos que ser cada vez más solidarias con nosotras, que yo creo que es una asignatura pendiente de la mujer también. Muchas veces las que nos ponemoslas zancadillas, somos nosotras.

Yo siempre lo he dicho: yo soy una persona que no tiene pelos en la lengua y siempre he dicho que las dos veces que me han acosado han sido mujeres. Y lo digo en LinkedIn y lo digo donde sea. O sea, que igual que defiendo a la mujer y creo que hay que impulsar a veces ese pequeño atrevimiento que no acaban de tener y hay que estar ahí para apoyar, yo también digo que la mujer puede ser muy mala con la mujer.

Entonces, creo que la asignatura pendiente de todas es, primero, aumentar nuestra autoestima y la segunda es ser más solidarias con nosotras. Porque si nosotras hiciéramos más equipo, más piña, seguramente tendríamos mucho más éxito, tendríamos muchos mejores beneficios para todas y eso se notaría en el éxito profesional, sobre todo. Creo que ser solidarias es una asignatura que todavía tenemos que superar.

Yo siempre digo (y sé que es política y estéticamente incorrecto) que en mis trabajos yo siempre prefiero que haya hombres.

MJAndrade.- Inma tú estás hablando de atreverse y eso es lo que has hecho tú estudiando y formándote en neurociencia. Entrando en la mente del ser humano que para mí es el alma. ¿En qué momento descubres esa inquietud y te atreves a dar el paso y especializarte en esta rama?

Inma Gómez.-  La sabiduría popular es muy potente y que los refranes y todas estas frases que te decía tu padre —“más vale pájaro en mano que ciento volando”— bueno, en mi casa se decía mucho “la cabra tira al monte” y “el que nace lechón, muere cochino”.

De pequeña ya coleccionaba citas de poetas, de filósofos, de políticos, de historiadores… frases que tenían un significado muy profundo. Ya con 7 años le pedí a mi madre enciclopedias o libros que hablaran sobre psicología, y quise hacer psicología porque a mí me encantaba. De hecho, quería haber sido psiquiatra, pero luego, en el último momento, hice un giro de 180 grados, elegí Derecho y, bueno, no es que me equivocara, porque es verdad que me ha dado de comer durante muchos años, pero yo quería ser psicóloga o psiquiatra.

Como la psiquiatría supone estudiar Medicina y después hacer la especialidad, empecé realizando cursos de inteligencia emocional en la universidad. Cuando terminé y mis hijas fueron más mayores, ya con 50 años, cursé un Máster en Inteligencia Emocional en la Universidad de La Rioja. Después se me abrió la oportunidad de hacer un máster en Neurociencia, Neuroliderazgo y Coaching Empresarial en el ISEP, el Instituto Superior de Estudios Psicológicos, un centro muy reconocido. Fueron catorce meses muy exigentes, que requirieron mucho esfuerzo, pero terminé en octubre del año pasado y estoy muy contenta.

Y voy a dar una primicia: en septiembre empecé Psicología. Lo digo con ilusión porque, además, me convalidan asignaturas y creo que eso va a reducir el tiempo de estudio. Tengo que decir que mi primer intento de estudiar Psicología fue con 30 años. Aún no había tenido a mi hija y me matriculé en la UNED. Aprobé un par de asignaturas, pero tuve que abandonarlo porque llegó la maternidad, unida a mi trabajo.

Pero esto viene de atrás. Cuando alguien siente una llamada constante, algo que le atrae una y otra vez, ya le pueden cortar las alas veintisiete veces que, al final, seguramente termine tomando ese camino. A mí el cerebro humano me apasiona. Estoy enamorada del cerebro. Cada vez que aprendo más, ahora además desde una perspectiva neurobiológica, me fascina todavía más. He aprendido mucho sobre la bioquímica de nuestro organismo, sobre cómo toda esa actividad cerebral se traslada al torrente sanguíneo. Es decir, cómo se puede explicar perfectamente, desde una perspectiva neurofisiológica, lo que sentimos cuando ocurren cosas fuera o dentro de nosotros: por qué sudamos, por qué se acelera el corazón cuando vamos a hablar en público, qué hormona o qué neurotransmisor está actuando en nuestro organismo. Porque somos bioquímica. Incluso cuando vas a darle un beso a tu pareja, todo lo que estás experimentando puede explicarse perfectamente desde un punto de vista biológico.

Yo voy a mis conferencias con Brainy, mi pequeño cerebro de apoyo. Me he comprado una maqueta y siempre la llevo conmigo porque, si algo he comprobado, es que a la gente le gusta saber por qué pasan las cosas. Cuando les explicas: «Ese estado de hipervigilancia que tienes, esa sensación de estar nervioso o alterado todo el día», entienden mejor lo que les ocurre. Es un estado de hipervigilancia en el que seguramente estás activando el eje hipotálamo-hipófisis-suprarrenal. El cortisol está disparado y estás liberando una hormona que, poco a poco, puede deteriorar tu salud, porque no podemos vivir liberando cortisol las veinticuatro horas del día. Sin embargo, muchas veces es así como vivimos: en el trabajo, en la vida cotidiana y en medio de un estrés constante que nos va consumiendo.

Entonces les explico de dónde procede todo eso, dónde se encuentra el hipotálamo, cómo se conecta con otras estructuras del organismo y cómo se desencadenan esas respuestas fisiológicas. A la gente le encanta. Y yo no soy neuróloga ni tengo el nivel de profundidad de un profesional de la medicina, pero lo he estudiado tanto, me gusta tanto y leo tanto sobre ello, que puedo permitirme explicarlo de una manera divulgativa. Evidentemente, no con la contundencia ni el conocimiento de un neurólogo, pero sí con la capacidad de ayudar a comprender cómo funcionamos.

Además, esto ayuda a que las personas tomen conciencia de cómo pueden cambiar determinadas cosas. Vivimos en un estrés permanente y decimos: «Tengo estrés». Pero primero hay que entender qué es el estrés. Es la liberación de hormonas como el cortisol y, en ocasiones, la adrenalina. Son sustancias conectadas con distintos órganos y con determinadas áreas del cerebro que se encargan de activar esas respuestas.

A partir de ahí, debemos analizar cómo podemos evitar que eso ocurra, cambiando comportamientos, formas de interpretar la realidad y hábitos. Yo, por ejemplo, trabajo con una propuesta basada en hábitos neuro-bio-psico-saludables para ayudar a las personas a vivir mejor. Y empezamos precisamente por ahí: por aquellas acciones que benefician al cerebro y mejoran nuestra manera de ser y de estar en el mundo.

MJAndrade.- La vida, al final, son años y experiencias y tú cuentas muchísimas cosas. Has sido madre, has estudiado, vas a empezar a estudiar Psicología. ¿Has tenido la sensación alguna vez de haber hecho algo fuera de lugar? ¿Has estado en el momento y en el sitio en el que tenías que estar para hacer lo que has hecho? 

Inma Gómez.- Sí, te entiendo. Si me hubieras hecho esta pregunta hace veinte años, te habría dicho que sí, que he metido la pata muchas veces, que he dejado de dedicar tiempo a cosas importantes, que no he aprovechado el tiempo suficiente o que me equivoqué en determinadas decisiones. Ahora, con la edad que tengo y con la madurez que he alcanzado, como digo yo, algo inevitable porque los años están ahí por mucho que uno quiera ignorarlos, te contesto de otra manera: todo lo que me ha pasado en la vida, incluso aquello que ha sido muy duro, ha sucedido por algo.

Creo que, para ser la persona que soy hoy, he tenido que vivir situaciones en las que nadie querría estar si tuviera la posibilidad de elegir. ¿Te gustaría que falleciera tu padre? ¿Te gustaría que falleciera tu madre? ¿Te gustaría que te despidieran de tu trabajo? Seguramente no. Pero muchas veces tienen que ocurrir cosas difíciles, dolorosas y emocionalmente intensas para que tomemos determinadas decisiones.

Alejandra montó su negocio porque un día le dijeron que no era suficiente y que era demasiado mayor para el puesto que desempeñaba. Y eso es durísimo. Pero fíjate: muchas veces es precisamente cuando tocas fondo cuando encuentras la fuerza para elevarte.

Quizá, si pudiera volver a nacer, lo que haría sería aprovechar todavía más el tiempo, porque creo que es un bien escaso que no vuelve y es una lástima que la vida pase tan deprisa.

Siempre les digo a los jóvenes en clase que la vida pasa, y que no se lo pueden imaginar. Sé que es algo que escuchan constantemente, pero les digo: dentro de veinte años acordaos de esta frase de vuestra profesora. Porque cada minuto cuenta. No estéis todo el día con el móvil.

Hay una frase que escuché hace tiempo y que me encantó: «Los ricos invierten su tiempo en crecer: estudian, aprenden, leen y aprovechan las oportunidades; los pobres se entretienen». Siempre les digo que no la olviden. Porque, si pasas ocho horas con el móvil, son ocho horas de tu vida que podrías haber dedicado a leer, a estudiar, a relacionarte con otras personas, a asistir a un evento, a conocer nuevas ideas o a desarrollar nuevas habilidades.

Sin embargo, permanecemos frente a una pantalla observando contenidos y estímulos constantes que, al final, lo que hacen es hackear nuestro cerebro. Y esa es otra historia de la que podríamos hablar durante mucho tiempo.

MJAndrade.- Ese tema tiene otra entrevista cuando quieras. 

Inma Gómez.- Ya te digo que, como me apasiona la neurociencia, una de las primeras cosas que me dijeron en el máster fue: “¿Usted usa el GPS?”. Y respondí que sí. Entonces me preguntaron: “¿Y se atrevería a no usarlo?”. Les dije que, cuando voy por primera vez a un sitio, me resulta útil, pero que mi padre utilizaba una guía de carreteras y siempre llegábamos a nuestro destino.

Entonces me explicaron que los mapas tradicionales favorecen el funcionamiento del cerebro, mientras que el uso continuado del GPS puede hacer que dejemos de ejercitar determinadas capacidades. Hay una zona del cerebro encargada de la orientación que, como cualquier otra función, necesita entrenamiento. El cerebro es como un músculo: si no se ejercita, termina atrofiándose.

También me dijeron algo que me hizo reflexionar mucho porque mi madre murió de Alzheimer siendo muy joven, y es una cuestión que me preocupa y me influye. Me explicaron que, aunque podemos heredar una determinada carga genética, existe la epigenética. Es decir, podemos portar ciertos genes, pero nuestros hábitos y nuestro entorno pueden influir en cómo y cuándo se expresan. En cierto modo, unos hábitos de vida más saludables pueden contribuir a retrasar determinados procesos para los que podamos tener una predisposición genética.

Por eso, cuando veo a mi hija, me llama la atención que se siente en el coche y active el GPS automáticamente. Yo le digo: «Vamos a ver, has venido a este sitio veintisiete veces. ¿De verdad no sabes llegar?». Y ella me responde: «Bueno, me da más seguridad». De hecho, se ríen de mí cuando se montan conmigo y me preguntan: «¿No vas a poner el GPS?». Y yo les digo que no, que conozco el camino.

La primera vez que voy a un lugar sí lo utilizo, por supuesto, pero procuro conducir de forma consciente, prestando atención al recorrido. Sé que tengo que girar en la segunda calle a la derecha, después incorporarme a una determinada carretera y tomar la primera salida a la izquierda. Intento memorizarlo para no depender de la tecnología la siguiente vez.

No utilizo el GPS de manera habitual porque quiero entrenar mi cerebro. Quiero mantener activas esas capacidades, utilizarlas y seguir estimulándolas. Creo que es importante que el cerebro siga trabajando y que no deleguemos constantemente en la tecnología funciones que todavía podemos realizar por nosotros mismos.

MJAndrade.- Con lo bonito que es ir por la calle y preguntar a la gente del lugar, el sitio que tienes que ir. Y la sorpresas que te dan algunas personas que te paran como antes se hacía y terminas con su teléfono y en contacto. 

Inma Gómez.- El universo es maravilloso. Yo creo que las cosas suceden por causalidad, no por casualidad. No te cruzas con nadie porque sí. Muchas veces, al principio, te preguntas: «¿Por qué me ha pasado esto? ¿Para qué me ha pasado esto? Si yo soy una buena persona, ¿por qué esta persona se ha cruzado en mi camino?». Y, con el tiempo, te das cuenta de que quizá ocurrió para que aprendieras a poner límites.

A veces se acercan a mí personas muy vehementes, muy dominantes, con formas de actuar difíciles. Y una de las cosas que más he trabajado en terapia es precisamente eso: entender que esas personas, en cierto modo, actúan como espejos. Si tú no te respetas, ¿cómo te van a respetar los demás? La vida no te pone únicamente personas que vibran en la misma frecuencia que tú; también aparecen personas que vienen a enseñarte algo. Igual que ocurre en las relaciones de pareja. De repente aparece alguien con rasgos narcisistas o con comportamientos complicados, y quizá la lección sea aprender a decir: «Hasta aquí». Aprender a poner límites y a elegir con quién quieres compartir tu tiempo y tu vida.

Y es verdad que la vida te va enseñando. Ahora mismo tengo un círculo reducido; no puedo decir que tenga muchos amigos, porque no es así. Siempre he sido muy selectiva. Pero los que tengo son personas extraordinarias, porque todos compartimos unos valores y una forma muy parecida de entender la vida.

Son personas a las que, aunque no haya visto en un mes, puedo llamar si tengo un problema. Personas capaces de decirte: «No te preocupes, yo me encargo». Recuerdo que, cuando tenía una boda y surgió un problema con el vestido, una amiga me dijo: «Yo voy a por él, yo lo llevo a arreglar y me ocupo de todo». Quizá en ese momento era ella quien disponía del tiempo necesario para hacerlo, pero no todo el mundo tiene esa disposición. Y lo más bonito es saber que, dentro de ese grupo, cualquiera habría hecho lo mismo por los demás.

Tengo que decir que me siento muy afortunada por las personas que me rodean. Son un grupo estupendo. Pero también es cierto que, de vez en cuando, aparecen personas en el trabajo, en las amistades o en cualquier ámbito de la vida con las que piensas: «Uf… a la segunda voy a tener que poner límites de manera firme». Porque también forma parte del aprendizaje saber quién merece permanecer en tu vida y quién no.

MJAndrade.- ¿Crees que a la gente se le debe dar una segunda oportunidad cuando te falla una primera?  Porque eso de poner la otra mejilla cansa y mucho cuando se hace repetitivo. 

Inma Gómez.- Hay gente que no se merece segundas oportunidades. Yo lo que hago es tirar de intuición. Yo trabajo en el Ejército del Aire. Tengo una compañera —no voy a dar su cargo ni nada porque hay que guardar la intimidad y ser muy discreto con todo esto—, pero es una persona con empleo militar y con formación en psicología, y siempre me dice: “No he visto a nadie con una sensibilidad y una capacidad para perfilar a una persona en tan poco tiempo”. O sea, cuando le digo “ten cuidado con este”, es que no me falla. Pero es algo que yo creo que tenemos las personas que somos PAS, sobre todo, porque es verdad que la intuición no falla nunca.

Lo que pasa es que te quieres dar una oportunidad y se la quieres dar a él, pero no falla nunca. A veces tengo que decir que alguna vez, le he dado una segunda oportunidad y he fallado. Pero la intuición es clarividente.

Yo solamente las daría en el caso de que yo fuera consciente de que esa persona ha hecho un cambio porque ha hecho reiki, se ha ido a terapia, ha decidido mirar hacia dentro y hacer un proceso de transformación personal o de desarrollo personal, o estar con un coach que le está reconectando otra vez con él.

MJAndrade.- Pero Inma, eso que me estás contando se trabaja desde la humildad y, por desgracia, vivimos en una época en la que a la gente le cuesta entender lo que significa y lo confunden. La humildad es la gran lección de vida y con la que desarmas al contrario porque es aceptar tus fallos y que te estás equivocado.

Inma Gómez.- Una de las cosas que más me costaba reconocer era que me había equivocado. Quizá tenía que ver con lo que veía en casa. Mi padre, por ejemplo, era una persona que nunca asumía la culpa. Si se le caía un plato, decía que alguien lo había dejado mal colocado. Con el tiempo entendí que eso era una forma de inmadurez.

Ahora, sin embargo, soy la primera en levantar la mano y decir: «No, la responsabilidad es mía». De hecho, a veces lo hago incluso en situaciones en las que la responsabilidad no me corresponde del todo. Probablemente debería ser más objetiva y reconocer cuándo el error ha sido de otra persona. Pero no tengo ningún problema en admitir mis fallos.

Me considero una persona humilde, o al menos intento serlo. También soy consciente de que el ego está ahí y de que hay que vigilarlo. Cuando noto que empieza a crecer demasiado, que el globo comienza a elevarse, como digo yo, procuro pincharlo a tiempo. Lo explico de forma metafórica: hay que pincharle el globo al ego porque, si no lo haces, llega un momento en el que ya no puedes controlarlo.

Precisamente una de las cosas que observo en nuestra sociedad, y que creo que dificulta tanto la evolución personal como colectiva, es que ponemos el foco en aspectos muy superficiales: tener el mejor coche, la mejor casa, vestir la marca más exclusiva, asistir a los eventos más prestigiosos o ir de vacaciones al destino más de moda. Si todo eso fuera realmente lo que nos hace felices, perfecto. Pero la realidad es que hay personas que lo tienen todo y, aun así, terminan profundamente infelices o incluso quitándose la vida. Por tanto, hay algo que no está funcionando.

Creo que el ego es uno de los grandes enemigos del ser humano. Evidentemente todos necesitamos una dosis saludable de autoestima, una que nos permita vivir con dignidad, poner límites y valorarnos. Pero una cosa es eso y otra muy distinta creerse por encima de los demás.

Siempre hablo de las personas que parecen sufrir lo que llamo el síndrome de la «centrifoto»: aquellas para las que todo gira constantemente alrededor del «yo». Si te fijas en las fotografías de grupo en las que aparezco, casi siempre estoy en un extremo. Y no porque no pudiera ponerme en el centro, sino porque realmente me da igual. Sin embargo, veo a personas que parecen luchar por ocupar siempre el lugar central. Y pienso que me resultaría muy difícil construir una amistad auténtica desde esa forma de entender las relaciones.

Sé que esto puede sonar duro, pero también creo que pocas personas se atreven a reconocer que, en muchas ocasiones, algunas mujeres ejercen una gran competitividad hacia otras mujeres. No hablo de todas, por supuesto, ni mucho menos. Pero es una realidad que he observado con frecuencia y que, a veces, puede llegar a resultar agotadora.

Afortunadamente, también existe otro tipo de mujeres. Tengo amigas extraordinarias, mujeres valientes, generosas y seguras de sí mismas, que no tienen nada que ver con ese perfil competitivo. Sin embargo, sigo asistiendo a congresos, eventos y encuentros profesionales en los que pienso que, en determinados aspectos, todavía hemos cambiado menos de lo que creemos.

De hecho, he llegado a interesarme mucho por el origen de esa competitividad femenina. Recuerdo un libro magnífico, cuyo título era Tu éxito es inevitable, escrito por una autora francesa. En él se planteaba una reflexión antropológica sobre cómo, durante siglos, las mujeres competían entre sí porque dependían de encontrar una pareja que garantizara su seguridad y supervivencia. Del mismo modo, los hombres elegían a las mujeres que consideraban más atractivas o más aptas para asegurar la continuidad del grupo. Aquella competencia tenía una explicación en un contexto determinado.

Lo llamativo es que, aunque hoy vivimos en una realidad completamente diferente y las mujeres somos independientes en todos los ámbitos, determinados comportamientos competitivos siguen apareciendo. Y eso invita, al menos, a reflexionar sobre cuánto de nuestra historia seguimos arrastrando sin ser plenamente conscientes de ello.

MJAndrade.- Hemos hablado de empatía. De ser más o menos generosos. De atreverse a cambiar. De Neurociencia. De volver a empezar. De las vivencias. Del tiempo. Y precisamente ahora que el tiempo y los años han pasado. Cuándo te miras al espejo ¿A quién ves? ¿Te gusta la mujer que eres y en lo que te has convertido?

Inma Gómez.- Cuando me miro al espejo veo que cada vez me siento más suficiente, pero no siempre. Y no siempre porque creo que soy una persona muy inconformista y todavía me parece que puedo estar un poquito mejor. Pero sí que he empezado a ser más indulgente conmigo misma. Así que voy avanzando en edad y también con mis defectos.

Creo que ser indulgente y perdonarse a uno mismo es vital para poder después perdonar a los demás y ser indulgente con los demás.

MJAndrade.- ¿Y no crees que de vez en cuando nos somos justas con nosotras mismas?

Inma Gómez.- A veces el primer verdugo es uno mismo. Entonces, una de las cosas que sí me gusta, y de la que siempre he presumido, es de cuidarme. Me gusta mucho estar bien. Para mí la imagen siempre ha sido importante. Y además podríamos hablar de esto neurobiológicamente también: qué supone que uno se mire al espejo y diga: «Oye, qué guapa estás», y qué supone decir: «Me veo fatal, estoy gorda, qué pelo llevo…». Todo eso el cerebro lo lee.

El cerebro está leyendo constantemente. Es un lector de todo: de pensamientos, de sensaciones, de estímulos que hay fuera… de todo. Está leyendo todo el tiempo, interpretando y reaccionando a todo eso que lee.

Entonces, si tú te miras en el espejo y dices: “Vaya pinta llevo”, puede que el día te salga fatal. ¿Qué hago yo? Pues llego a la base donde trabajo y lo primero que hago, como allí la seguridad es máxima, es no coger ni las llaves del coche. Apago el coche, no saco ni el bolso ni nada. Voy ya preparada, vestida de deporte, y me hago mis 40 minutos de running todos los días cuando llego. Me encanta.

Entonces, si tú te cuidas. Que no digo que no te vayas a hacer mayor, porque te vas a hacer mayor, pero ralentizas el proceso.

Yo me resisto. Reconozco que una de las cosas que más me asustan es envejecer. Me resisto a envejecer. No es que diga: “No voy a envejecer”. No, sí voy a envejecer, pero lo voy a hacer con cierta resistencia. No me voy a dejar envejecer sin más. Por eso me alimento bien, hago deporte, intento dormir lo suficiente e intento pensar en positivo. Soy muy positiva. Siempre trato de sacar la lectura más positiva posible de las cosas malas.

También hago meditación y yoga, que para mí son fundamentales. En determinados momentos me ayudan muchísimo.

Porque yo soy PAS y tenemos algo muy característico: somos muy obsesivos, damos muchas vueltas a las cosas y rumiamos mucho. Lo que otra persona diría: “Bueno, pues ya está”, yo lo convierto en: “¿Por qué me ha dicho esto? ¿Qué he dicho yo? ¿Le habrá molestado algo? ¿Qué le he dicho? ¿No me he dado cuenta?”.

Y es que nosotros tenemos un cableado muy fino y muy desarrollado en la amígdala. Percibimos muchísimos estímulos. Estás hablando con una persona y, al mismo tiempo, inevitablemente estás captando las conversaciones de los demás, los matices, lo que ocurre alrededor. Te estás enterando de todo con una finura en la percepción tremenda. Hay personas que no son PAS y no se enteran. Dicen: «Pues yo no me había dado cuenta».

Así que yo, cuando me miro al espejo, lo que veo es a una persona madura y con muchas ganas de seguir viviendo.

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MARÍA JOSÉ ANDRADE ALONSO
mjandrade@mujeresvalientes.es
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