
28 Ene La comunicación femenina y el liderazgo
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La comunicación… Rasgo distintivo del liderazgo femenino
Unidad, bien común, respeto, igualdad, buscar un terreno común, honestidad y humildad.
Podrían ser las palabras clave de un artículo sobre liderazgo, concretamente, democrático o cooperativo.
Y, en efecto, fueron pronunciadas por una líder indiscutible: Mariann Budde, Obispa de la Iglesia de la Diócesis Episcopal de Washington. Forman parte del sermón que pronunció en la ceremonia religiosa tras la investidura del nuevo presidente electo de Estados Unidos.
Ser líder no es solo ostentar un cargo de responsabilidad, sino ejercer con responsabilidad una misión, marcando cuál debe ser el camino para alcanzar un objetivo común (la unidad de su país) confiando en las capacidades de aquellos a quienes lidera (su comunidad), negociando con quienes pueden ser considerados oponentes en ese camino y hablando con claridad, respeto y humildad.
Se da la coincidencia casual que estos rasgos se dan, en especial, en el liderazgo femenino. O quizá no sea fruto de ninguna casualidad
El hecho demostrado empíricamente es que el liderazgo ejercido por mujeres denota mayor inteligencia emocional, mayor predisposición hacia la inclusión y el respeto a las diferencias, adaptación al cambio, haciendo de las empresas entornos laborales más colaborativos, diversos y resilientes. Las mujeres inspiran, motivan y guían a los equipos hacia el logro de objetivos comunes.
Y una de sus herramientas estrella es la comunicación efectiva
En el caso que venía contando, Mariann Budde muestra en su discurso este tipo de comunicación: Clara, directa, cercana y persuasiva. Habla con sinceridad desde la honestidad personal y la transmisión de su mensaje es efectiva..
Si analizamos el mensaje, en él no hay ataque, hay búsqueda de comprensión, empatía, aceptación a la diferencia y una súplica para un acercamiento de posturas.
Otro hecho constatado es que tener a mujeres en puestos de liderazgo significa para las empresas más ganancias. Según el Instituto de Investigación de Credit Suisse, las compañías que cuentan con un alto porcentaje de mujeres en posiciones ejecutivas generan un mayor rendimiento económico.
Según la ONU, «el liderazgo femenino tiene un efecto multiplicador y muy positivo en todos los ámbitos de la sociedad: es “el motor” del desarrollo y crecimiento económico».
Asimismo, las mujeres en puestos de liderazgo muestran una alta capacidad para la gestión de conflicto: mejora la colaboración y la equidad.
En varios estudios que realizó la psicóloga Anita Williams Woolley y su equipo, examinaron grupos de trabajo de dos a cinco personas y descubrieron que la proporción de mujeres en un grupo estaba fuertemente relacionada con la inteligencia colectiva del grupo, que es su capacidad para trabajar juntas y resolver una amplia gama de problemas. Los grupos con más mujeres mostraron una mayor igualdad en la toma de turnos en la conversación, lo que permitió mayor receptividad y aprovechamiento de los conocimientos y las habilidades de los miembros.
De nuevo, aparece la comunicación como un rasgo distintivo en el liderazgo femenino. A pesar de la creencia popular, el periodista Dan Lyons descubrió que los hombres, por defecto, hablan más (tiempo) que las mujeres. Y no solo eso: también interrumpen a las mujeres de forma habitual.
La socialización y la educación que recibimos desde que nacemos es la clave
Según Deborah Tannen, profesora de Lingüística de la Universidad de Georgetown, los hombres han interiorizado que pueden ocupar todo ese espacio sonoro porque creen que sus palabras son importantes. La importancia de las palabras de las mujeres es cuestionable.
Se han realizado varios estudios centrados en ver qué ocurría en las discusiones cuando un grupo de cinco personas tenían que tomar decisiones. Si solo una de esas personas era una mujer, hablaba un 40% menos que la media de los hombres que formaban parte. Incluso si la mayoría de las personas participantes eran mujeres (tres de cinco) los hombres dominaban la conversación y ellas hablaban un 36% frente a esos dos hombres.
La cuestión no trata solo de cuánto se habla sino de cómo se percibe lo que se dice
A la hora de hablar, los hombres son percibidos como que saben lo que dicen y enuncian hechos con seguridad, mientras que en el caso de las mujeres, son percibidas como “pesadas” y los datos que aportan suelen ser cuestionados o infravalorados. Esto ocurre de forma habitual en los entornos de trabajo donde se suelen cuestionar más las ideas que aportan las trabajadoras frente a las ideas de sus compañeros. Sin embargo, cuando esa misma idea pasa a proponerla un trabajador se le da mayor valor.
La percepción sesgada de los hombres como fuentes de autoridad afecta también a las propias mujeres: ellas interrumpen menos a sus compañeros que a sus compañeras.
A las mujeres, por ende, les cuesta muchísimo más autopercibirse como líderes ya que, para empezar, exponer sus ideas y que éstas sean bien valoradas les va a costar más de media. Este hecho repetido a lo largo de los años incide de forma directa en nuestra autoestima y en la imagen que tenemos de nosotras mismas. Será la semilla que luego se traducirá en el Síndrome de la impostora.
El liderazgo femenino no es discutible, lo es la manera en la que aún se percibe qué es el liderazgo. Cómo se mide y valora de forma diferente cuando lo hace una mujer o un hombre.
Esta cuestión y las ligadas a los roles sociales impuestos son las grandes dificultades que tienen las mujeres para sentirse referentes. Es necesario recordar que el liderazgo de las personas empieza siempre por nuestro autoliderazgo. Si yo dudo de mi porque siento que no soy capaz, no podré ejercer mi liderazgo natural.
Por todo ello, la enseñanza que nos dejó Marian Budde en estos días es doblemente meritoria. Además de un mensaje muy necesario en los tiempos que corren, es el ejemplo de cómo se puede ejercer el liderazgo desde la búsqueda de comprensión, la empatía y la comunicación eficaz. Un liderazgo a todas luces femenino.
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