
26 Ene Ángeles Santos Torroella: la joven que pintó un mundo propio
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Ángeles Santos… Cuando el talento encuentra su espacio
Museo en la calle: una agradable sorpresa al encontrarme en la fachada del Edificio Sabatini del Museo Reina Sofia con la reproducción a gran escala de uno de mis cuadros favoritos de una de mis artistas preferidas: Tertulia de Ángeles Santos.
Y decido cambiar el artículo en Mujeres Valientes que pensaba dedicar a otra grande, Maruja Mallo, para contar la historia de otra gran invisible del arte español del siglo XX. Aunque es cierto que en la historia del arte hay nombres que brillan desde el primer instante, hay otros que tardan más tiempo en llegar al público. Ángeles Santos Torroella es uno de ellos.
Con apenas dieciocho años, creó una obra inmensa no sólo en tamaño, sino también en forma y mirada: Un Mundo que deslumbró al mundo cultural.
La joven que irrumpió donde nadie la había invitado
Nacida en Gerona, en el pueblo de Portbou en 1911. El trabajo de su padre, funcionario de aduanas, hace que durante más de cuatro décadas la familia realice un periplo por casi toda España
Después de pasar por La Junquera, el Pirineo y Salamanca llegan a Sevilla, donde a los 13 años Angelita, como la llamaban en familia, ingresa en el Colegio de las Esclavas. Allí tendrá su primer contacto con la pintura de la mano de la monja directora quien la enseña a dibujar copiando láminas de Ingres. Cuando se trasladan a Valladolid las dotes artísticas que había mostrado hace que su familia le busque unas clases de pintura con un pintor italiano, Cellino Perotti, quien le empieza a abrir las puertas al mundo del arte.
Ángeles absorbió todas estas influencias sin haber pasado todavía por una formación académica estable. Esa falta de escuela al uso, lejos de ser un obstáculo, se convirtió en una puerta abierta a un lenguaje personal. No estaba condicionada por los cánones que marcaban el paso de la vanguardia, y esa libertad se filtró en cada trazo.
El año 1929 es una fecha clave en la vida de Ángeles Santos pues realiza dos de sus obras maestras que la van a catapultar: Un Mundo y Tertulia.
Increíble que realice las dos obras en tan solo dos meses y en dos lugares diferentes. Tertulia, en un pequeño piso donde vivían amigas suyas y que son las modelos del cuadro y en el salón de su propia casa es donde pinta el cuadro que la va cambiar tanto personal como artísticamente.
Cuando presentó Un Mundo lo hizo como quien coloca sobre la mesa algo que no es solamente un cuadro: era una declaración. Un óvalo gigantesco que intentaba contener lo que a menudo resulta incomprensible: la vida, sus escaleras imposibles, sus personajes suspendidos, sus paisajes que parecen sueños. Una obra monumental creada por una adolescente que apenas empezaba a entenderse a sí misma.
La Tertulia donde aparecen cuatro mujeres que, a pesar del título del cuadro, no entablan ninguna conversación, incluso ni se cruzan las miradas. En este caso, la comunicación es en silencio y solo hablan los cuerpos y cómo éstos están reflejados. El espacio totalmente claustrofóbico es un ejemplo de la incomunicación que sienten estas mujeres modernas que rompen estereotipos clásicos.
Las etiquetas que pesan más que las obras
El impacto fue inmediato. Críticos, artistas y escritores quedaron desarmados ante su capacidad para ordenar lo fantástico sin caer en lo caótico. Pero esa admiración convivió con un juicio que se repetía: “demasiado extraño para ser obra de una chica tan joven”. Su talento, en lugar de asumirse como tal, se envolvió en sospecha. ¿Cómo podía una joven, sin una gran escuela detrás, crear algo tan audaz?
Ese fue el punto en el que su genio y su condición chocaron. Mientras su obra empezaba a recorrer exposiciones y recibía atención internacional, ella se enfrentaba a comentarios que buscaban restarle legitimidad. En un momento en que ser artista ya era cuesta arriba, ser mujer y además precoz colocaba una carga extra: la constante amenaza de ser considerada excéntrica o “desequilibrada”.
Ángeles sintió ese peso. A partir de “Un Mundo” la artista se encierra en la pintura. Vive y pinta en pleno trance, sumergiéndose en un intenso viaje a su propio interior del que saldrá cambiada y se convierte en adulta con el contacto repentino y tan continuado con intelectuales y artistas modernos tanto de Valladolid como de Madrid. Esto hace que su mundo familiar y provinciano le empiece a resultar pequeño y asfixiante, lo que hace que se mezcle la depresión con la rebelión y la confrontación con su familia y con la sociedad que la rodea.
Seguir creando a ese nivel significaba exponerse, y en un ambiente que no estaba preparado para aceptar su voz sin prejuicios, el silencio terminó por imponerse durante algunos años. No entender su extrema sensibilidad llevo a su familia incluso a ingresarla durante un mes en un sanatorio mental .
Su retirada no fue un gesto de renuncia, sino un acto de supervivencia.
Resistir sin estridencias también es un acto revolucionario
A lo largo del tiempo, Ángeles Santos recuperó su pintura de manera más íntima, lejos del ruido inicial. Se dedicó a explorar otros lenguajes, otros ritmos, otros colores. Nunca buscó protagonismo. Tampoco reclamó un lugar que la historia del arte tardó demasiado en reconocerle.
Hoy, Ángeles Santos Torroella emerge como una figura imprescindible para comprender el talento femenino en un tiempo en el que las mujeres eran fácilmente arrinconadas, incluso cuando su genialidad era evidente.
Una pionera que, sin saberlo, abrió camino
Volver a Ángeles Santos Torroella hoy es un acto de justicia. Y también de aprendizaje. De recordar que muchas creadoras tuvieron que abrirse paso entre miradas que dudaban de ellas antes siquiera de mirar sus obras. Y también una invitación a que cualquiera de nosotras recupere la valentía que ella tuvo para pintar un mundo sin pedir permiso y tener sus propios proyectos.
Su historia nos recuerda que el talento de una mujer no necesita justificación. Solo espacio.
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