Un canto de amor

Un canto de amor

Un canto de amor

En mis enfermedades ella me asistía; en mis soledades ella me consolaba

 

No recuerdo que me haya besado el Rey de Dacia. Mi madre, sí. He calentado mil veces la cara en su pecho; he conciliado el sueño en su regazo; sus brazos me acogieron amorosamente. Si tengo alguna educación es porque mi madre me buscó profesores; si no estragué en el vicio mis veinte años, es porque mi madre supo preservarme con su cariño. En mis enfermedades ella me asistía; en mis soledades ella me consolaba” Emilia Pardo Bazán.

Un canto de amor

 

Le atusa el cabello. Ese crespo manojo de hebras plateadas que se han vuelto locas con el roce del viento. Ha vuelto a reñirle y aunque le duele hacerlo, esa mujer preñada de días aún no reconoce su ancianidad. Arrodillada ante ella le ata los cordones de los zapatos y recuerda cuantas veces esa mujer ante la cual se inclina se sentó junto a ella y con suma paciencia le enseñó ese juego de unir cabos para terminar en una lazada. Ahora es ella, la hija, la que se agacha ante la madre para hacer algo que ya la senilidad no le permite. Es hora de ser amigas. De dejar vergüenzas a un lado, de buscar a tientas las pieles que sobradas de cariño se han de tentar para reconocerse. Es la madre la que ahora es hija, niña anciana que ha de prestarse a los cuidados del ser al que un día regaló la vida.

Cogidas de la mano atraviesan las calles para llegar a la plaza, y allí, sentadas una junto a la otra, dejan que el silencio narre episodios que sólo ambas conocen. La tarde es patrimonio de todos, pero ellas, ajenas al mundo, descubren en el ocaso de otro día como Dios sigue uniéndolas, hilvanando sus corazones con hilos de cariño. Se saben distintas, disonantes, pero una conexión pura e  invisible de pilares inquebrantables las une haciéndolas entonar el mismo canto. La vida fulge para una y va extinguiéndose en la otra pero conectadas siguen adelante. Ayudándose de maneras muy distintas, de formas diferentes: la experiencia dando sabios consejos, el vigor ayudando en lo trivial. La paciencia y la ternura, los recuerdos y el olor a vida juntas, a historias compartidas, a guiones escritos y nunca llevados a escena. Madre e hija. Una perfecta simbiosis de amor. 

[author] [author_image timthumb=’on’]http://i.picasion.com/pic81/5d36fe4d71b4fc3f9ab2b401ebd08b5e.gif[/author_image] [author_info]Yolanda Tamaya es escritora y ha publicado una recopilación de sus artículos “Para que no te duermas”, y colabora en diversas revistas [/author_info] [/author]

Yolanda Tamayo
ambartamayo@hotmail.com
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