Turno de Oficio… Prestando un servicio a las personas más necesitadas

Turno de Oficio... Prestando un servicio a las personas más necesitadas. Mujeres Valientes

Turno de Oficio… Prestando un servicio a las personas más necesitadas

Turno de Oficio... Prestando un servicio a las personas más necesitadas. Mujeres Valientes

¡Buenas a tod@s l@s lectores y seguidores de Mujeres Valientes! Comenzamos el año natural, porque del judicial llevamos ya unos meses, como si estuviéramos en el ojo de un huracán.

El 2020 llega con fuerza para Mateos y Huelga Abogados, cargado de proyectos y de trabajo, y aunque siempre decimos “y que no falte”, nos cuesta sacar un hueco para cualquier cosa. Tanto que he tenido que aprovechar uno de los pocos ratos que paso sola en casa, tras excusarme de una reunión con mi familia política, y conseguir que mi marido se fuera con los dos peques, para ponerme a escribir.

Y casi me viene bien escribirlo sola, porque así es como vive la protagonista de nuestra historia, y así, al menos, conseguiré empatizar un poco con ella mientras os relato su caso. La llamaremos Caridad, ya que, y como siempre, cambiaremos los datos personales, dejando por lo demás, la historia, al desnudo, tan dura y cruda como es.

Caridad es una mujer de cuarenta y pocos años, a la que la vida ha tratado mal desde siempre. Viene de una familia desestructurada, sus padres nunca la trataron demasiado bien, y en lo poco que cuenta de ellos, y aunque no soy psicóloga ni de lejos, hay en su relato unos tintes de malos tratos… de esos que te marcan no sólo la niñez, sino también tu vida adulta.

Tanto que, después de escapar de casa siendo aún una niña, Caridad se enamora de un hombre, cambiando la cruz de sus padres por la de su pareja. Ahí si podemos hablar de malos tratos, físicos y psicológicos, no porque lo diga una servidora, sino porque existe condena al respecto.

Le costó años poder romper con esa relación tóxica, y cuando lo consiguió, ganó en libertad pero, un poco como todas las mujeres maltratadas, pagó un tanto caro el cambio de vida

Y me explico. Caridad es una mujer que siempre, desde que dejó la casa de sus padres ha trabajado para salir adelante. Y viviendo en la ciudad que vive, y sin posibilidad alguna de haber tenido estudios que la ayudaran a mejorar su vida, os podéis imaginar que ha trabajado siempre como camarera.

Nunca le faltó el trabajo, hasta que llegó la crisis; Caridad fue a parar a la calle, y claro, al acabar el paro, se encuentra con una mercado laboral lleno de tiburones. Bares en los que compite por un puesto de trabajo con chaval@s llenos de títulos, que tampoco encuentran nada de lo suyo. Con idiomas, con protocolo, y con elementos añadidos de los que ella nunca había oído hablar.

Que traducido resulta: que Caridad no puede encontrar trabajo, en ningún sitio, de nada. Pequeñas y medianas empresas que buscan juventud sobrecapacitada para un trabajo de 12 horas, con 4 aseguradas, y esto con suerte.

Os cuento esto porque es el desencadenante para que llegue a nuestro despacho. Caridad se ve sin trabajo, sin ingresos, y sin nadie en el mundo que pueda echarle una mano, más allá de una vecina suya, que la ayuda dándole de la comida que hace para ella y para su hija, y que me da su número de móvil porque Caridad no tiene uno y, evidentemente, no puede pagárselo, para cuando necesite llamarla.

Tu me llamas a mí, que yo voy corriendo a darle el teléfono”

Como os cuento, Caridad llega a nosotras a través del Turno de Oficio, con síntomas evidentes de padecer una grave depresión, que en esos momentos aún no está siendo tratada por Salud Mental, y con apariencia descuidada, rozando la falta de higiene.

Me entrega una demanda de desahucio, y me explica sus antecedentes, tal como os los he reflejado. Me pongo a ojear la demanda y me llaman la atención dos cosas. La primera es que conozco a la parte actora. No es algo de extrañar en una ciudad como la mía, que es más un pueblo que otra cosa, no lo digo por eso. Es que la propietaria de la vivienda es alguien a quien conozco desde que soy una niña y siempre me había parecido una mujer bondadosa.

Sin embargo, mi clienta me dice que la ha estado amenazando con frases como “hemos cambiado de abogado” “este nuevo es duro” “en tres meses estás tu en la puta calle”, y un sinfín de frases que, os lo juro, no me encajan, para nada, con la personalidad de esta señora.

Indago un poco, y parece ser que se ha divorciado de su marido, se han repartido las múltiples propiedades, y necesita el dinero para mantener el tren de vida que siempre ha llevado. Algo totalmente lícito, pero hincar así el diente a alguien tan desamparado como Caridad me parece poco menos que innecesario.

Plantea la demanda y deja a los profesionales actuar, no te ensañes con la pobre mujer en trincheras personales, porque ahí sólo vas a hacer daño gratuito.

Como siempre digo, la gente nunca deja de sorprenderte

Lo segundo que me sorprende es la renta: Doscientos cincuenta euros, por un piso de tres habitaciones en Cádiz, en un barrio de los de solera… ¡No me diréis que no saltan las alarmas!.

Le pregunto a Caridad por las condiciones de la vivienda, y resulta que ahí está la madre del cordero. La mitad del piso está apuntalado, y sin circuito eléctrico de ningún tipo. Es decir, que en esa mitad de la vivienda, o hace uso de velas, o se guía como los ciegos, a tientas.

El salón está inhabitable porque, básicamente, el suelo está inclinado hacia el lado derecho, con riesgo de derrumbe. Y ya me empiezan a entrar los mil demonios por el cuerpo. Que ya sé, y me lo dicen continuamente los compañeros, que no debería entrar en temas personales de las partes, pero no me negaréis que estar acogotando a esta pobre mujer con el maldito desahucio, teniendo un piso que no cumple con las condiciones básicas de habitabilidad, no es de tener la cara más dura que el cemento.

Servicios Sociales, desbordado como siempre, no sabe qué hacer con mi clienta, aferrándose al ya manido, “es que no hay dinero” 

Así que concertamos una reunión con la entidad encargada de las viviendas de protección oficial de la ciudad. Y aunque sea una clienta del turno, allá que me voy con ella.

Resulta que Caridad, con ese sistema aterrador de cómputo de puntos que tienen este tipo de entidades, se encuentra más allá del puesto número seiscientos para que le otorguen una vivienda protegida. Vamos, ¡que se puede morir esperando una vivienda!. Y tampoco tienen dónde realojarla, por lo que, y así me lo dice la compañera que se encarga de esos asuntos, si la desahucian, se va a ver en la calle. “Oponte con lo que sea, gana tiempo, porque de momento no podemos hacer nada”.

Poco más podemos hacer allí, más que sacar un compromiso del personal de hacer una visita a la vivienda para comprobar las condiciones de habitabilidad, y por lo menos, conseguir que den un «toque» a la propiedad, para que arregle todo aquello con un mínimo de decencia y dignidad. Visita que aún hoy, por cierto, no se ha producido.

Por otro lado, Caridad está esperando desde hace un año una ayuda económica que depende de la Comunidad Autónoma, cuyo ingreso debe hacerse con atrasos, lo que, de hacerse así, le permitiría ponerse al día con las rentas que debe, y enervar el desahucio, es decir, paralizarlo.

Así que la mando a dar la lata allí, y exponer la situación. Y aquí ya llegamos a la cima de lo estrambótico

Le dicen que tiene que actualizar los documentos que aportó, para tramitarlo todo con carácter de urgencia. Pero que, como cuando solicitó la ayuda vivía con su pareja, ahora tiene que aportar también los documentos de él. Eso, o iniciar una nueva petición, y volver a ponerse a la cola de algo más de un año para recibir los ingresos.

Caridad llega llorando al despacho, pues ni sabe cómo localizar a su ex, ni tiene ganas de hacerlo, por razones evidentes, y si vuelve a renovar la petición, el dinero no llegará antes del desahucio. “Me veo durmiendo en la calle”, es lo único capaz de repetir.

Evidentemente, movilizamos con carácter de urgencia a todas las administraciones competentes. Ayuntamiento, Juzgado, Junta, Servicios Sociales, etc. Así, conseguimos que el procedimiento, que debió terminar el mes pasado con el desahucio días antes de Nochebuena, se suspenda con un plazo máximo de tres meses.

Turno de oficio… Una ayuda indispensable para l@s más desfavorecid@s

Por otro lado, freímos a escritos y documentos a la Junta, para hacerlos entrar en razón. Y es que yo entiendo que las personas a quienes estos organismos tiene que ayudar son, por desgracia, miles, y que cada una de esas personas, tiene una historia igual o peor que relatar. Pero a veces, la labor de los abogados no está en pleitear, sino en hacer que sus clientes dejen de ser un número en una carpeta, y se humanicen ante estas instituciones.

Así, y como por arte de magia. Difícil, pero no imposible. Hay que hacerles ver que son personas de carne y hueso, no una carpeta más dentro de esa montaña que, desgraciadamente para nuestra tierra, no para de crecer.

Y por fin, conseguimos que la administración autonómica acepte una cosa razonable a más no poder, y es que esta señora, aunque tenga unas nuevas circunstancias vitales, no puede por ello realizar una nueva solicitud para recibir la ayuda que es suya por derecho propio, y que tanta falta le hace, porque eso dará con ella en la calle, y eso es inaceptable.

Y un día, sin esperarlo, Caridad llama a la puerta de mi despacho. Casi no puedo entender lo que me dice, pues su estado emocional era el de llanto imparable:

Que lo tengo, que lo tengo… ¡Tamara! Que lo tengo

¿Qué es lo que tienes Caridad? Relájate, que no te entiendo. ¿Quieres algo, agua, un café, una tila, tal vez?

¡El dinero Tamara! ¡Que me han ingresado el dinero!

Caridad se funde en un abrazo conmigo, y casi me pongo yo a llorar con ella.

Inmediatamente llamo al compañero que lleva a la propiedad de la casa, que se alegra tanto como yo de que podamos solucionar la cuestión, y Caridad no se quede en la calle (va a ser que al final, no es tan fiero el león como lo pintan…)

Y al día siguiente, Caridad hace el respectivo ingreso, poniéndose al día con las rentas. Hacemos escrito conjunto los dos profesionales, y conseguimos zanjar el asunto. Caridad no sabe cómo dar las gracias a todo el mundo, ni falta en realidad que le hace.

Ver por primera vez el brillo en sus ojos, la sonrisa en su cara, su voz sin temblar… Yo no sé si existe una manera mejor de dar las gracias. Que, en todo caso, le doy yo a ella, porque este tipo de casos, son una lección de vida. De lo afortunad@s que somos, y no notamos la mayoría de las veces. Y de cómo, siendo tan pequeñit@s, podemos hacer cosas tan grandes por la gente.

Y aunque sea una clienta del turno de oficio, yo no me voy a quejar de lo poco que voy a cobrar por el procedimiento, porque creo que de este caso, me voy más que pagada.

Mil besos y un saludo a todas las lectoras de Mujeres Valientes… ¡Hasta la próxima!

Tamara Huelga Gutiérrez
tamara.abogados.h@gmail.com
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