Parto inducido, una cesárea… ¡y una inmensa felicidad!

Mr. F con el pequeño G. después de un largo día de parto. Mamá Primeriza

Parto inducido, una cesárea… ¡y una inmensa felicidad!

 

Parto inducido.Mr. F con el pequeño G. después de un largo día de parto. Mamá Primeriza

 

Semana 36 de embarazo, Pequeño G sigue de nalgas, sentadito tan a gusto. La gine me propone hacer una Versión Cefálica Externa.

¿Una quéeee? Pues es una maniobra externa que consiste en intentar dar la vuelta al bebé desde fuera  entre dos ginecólogos, siguiendo en todo momento el proceso con un ecógrafo y todo monitorizado. Me cité con el ginecólogo que hace estas maniobras en la Fundación Jiménez Díaz de Madrid, el Doctor Duárez.

En la cita con Duárez me explicó que la maniobra se hacía en quirófano, por eso de estar preparados en caso de urgencia (esto hacía que se me pusieran los vellos de punta). Se harían 3 intentos de girar al bebé, de 2 minutos cada intento.

Los resultados podían ser:

  1. Que no se girase: en ese caso se programaría una cesárea para la semana siguiente.
  2. Que se girase y los monitores fueran correctos: en ese caso para casita a esperar a que me pusiera de parto de forma natural.
  3. Que se girase pero los monitores fueran irregulares: en este caso provocan el parto.
  4. Que se complicase la maniobra en el momento: cesárea urgente.

 

Las opciones a y b eran las más habituales, las c y d eran poco probables

 

Según el ginecólogo en un par de horas volvería a casa, tanto si el niño se daba la vuelta como si no.

Así que nos fuimos Mr F y yo a casa con un montón de dudas y con una cita a los 2 días con el Dr. Duárez para comunicarle nuestra decisión de hacer o no la maniobra. Tanto hacer la maniobra como programarme una cesárea me daba pavor, pero tenía que elegir una de las dos.

Pasamos dos días leyendo y requeteleyendo en internet experiencias de gente que se había hecho la VCE, opiniones de médicos, etc. Mi ginecóloga me aconsejaba hacerla, porque tenía muchas posibilidades de evitar una cesárea. Mi matrona también me dijo que me la hiciera, por ser una maniobra segura y con muchas probabilidades de éxito y me evitaría una cesárea.

Acabé con la cabeza como un bombo, con opiniones dispares de familia y amigos, pero quise ponerme en manos de los expertos y allí que fui a decirle al Dr. Duárez que “palante”, que me hacía la maniobra.

Tras firmar varios papeles me programaron la VCE para el lunes 19 de febrero. Tenía que ingresar en ayunas a las 8:30 de la mañana.

Y allí nos plantamos. A las 7:30 ya estábamos en el Hospital. Aparcamos en zona azul porque total, para comer ya estaríamos en casa, según nos dijo el ginecólogo.

Nos asignaron habitación, me puse mi camisón de papelucho y Mr. F y yo imaginábamos el día en que estuviésemos en una habitación como esa pero con el enano. Nos parecía aún muy lejano aquello.

 

Parto inducido… Una opción que puede terminar en cesárea

 

Nos llevaron a un paritorio, donde me monitorizaron durante unas horas y al final hasta mediodía no estuvo libre el quirófano para la VCE. Cuando llegó el momento, en quirófano, empecé a ponerme de los nervios. Un quirófano siempre es un lugar frío y feo, lleno de personas con mascarilla, guantes y mucho aparatejo. Pero me pusieron la anestesia raquídea y las enfermeras, que eran para comérselas de encantadoras, hicieron que me relajase.

 

El momento de la maniobra es MUY DESAGRADABLE…

 

Sí, lo es. Un ginecólogo empuja al bebé por el culete, el otro va encajando la cabeza y otra persona con el ecógrafo y el monitor controlando todo. Yo solo emitía sonidos no de dolor, más bien de la impresión. El minuto que duró aquello me pareció una eternidad pero, por suerte, fue un éxito y salí del quirófano con un bebé bocabajo bien encajado.

Volví a paritorio, donde me tenían que tener monitorizada toda la tarde, hasta que los monitores estuviesen exactamente igual que antes de la VCE.

 

Parto inducido. Nuestra mamá primeriza monitorizada, horas antes del parto en la Fundación Jiménez Díaz de Madrid

 

A mediados de tarde el ginecólogo me dijo que me tenía que quedar unas horas más porque no le convencía el monitor del bebé. Nos empezó a entrar la angustia. Pasadas unas 3 horas volvió el ginecólogo. El monitor del bebé estaba perfecto, pero ahora el mío daba unas pequeñas contracciones que había que controlar por si se desencadenaba el parto.

 

Me dicen que me tengo que quedar monitorizada toda la noche

 

Horror. Tras ver alguna serie le dije a Mr F que se fuera a dormir a la habitación, donde tenía una cama para él, porque en el paritorio sólo había una butaca. Así que me quedé en paritorio sola, sin dormir nada porque a cada movimiento entraba la enfermera a recolocarme el aparato del monitor.

La noche fue interminable. Por la mañana me llamó el ginecólogo y me dijo: “Noemí, todo perfecto, no hay contracciones, te vas a casita hasta que Pequeño G quiera salir. Pasará a verte un compañero para una última ecografía y listo”.

¡Yo más feliz que un regaliz! Vino el compañero, me hizo un tacto (las que lo han sufrido saben lo que duele eso) y la ecografía. Por su cara vi que mi felicidad se iba a empañar y así fue. Me dijo que parecía que podía haber una pequeña insuficiencia placentaria, que podía ser un falso positivo, pero que siendo embarazo a término no se arriesgaban a mandarme a casa, que me provocaban el parto ese mismo día.

 

Mi reacción fue echarme a llorar como una magdalena

 

Entre la revolución de hormonas del embarazo, las 24 horas que llevaba encerrada en ese paritorio, los nervios que pasé con la VCE, el no haber dormido en toda la noche y de pronto: asimilar que tenía que dar a luz ese mismo día y que iba a convertirme en madre.

Inexplicable todo lo que sentí en milésimas de segundo. Solo pedí que me dejasen salir de allí un poco, así que me dijeron que me fuese a la habitación, me diese una ducha, comiese y ya pasarían a ponerme el famoso Propex para provocar el parto.

La ducha me supo a gloria, y la hamburguesa que me trajo Mr F también. En hora y media vinieron a ponerme la medicación. Me dijeron que tardaría en empezar a notar algo pero no había pasado una hora cuando comencé a tener contracciones, de las que se notan. Y aquello iba a un ritmo impresionante. Dicen que los partos inducidos duelen más porque todo es más acelerado, no lo sé, pero de pronto me vi en la habitación con unas contracciones tremendas.

Me inclinada sobre Mr F e intentaba respirar para soportar aquello, hasta que le pedí que llamase a la enfermera para pedir dos cosas, en este orden: Enema y epidural. Llamadme pudorosa, pero yo tenía claro que quería ponerme un enema antes de parir. Vinieron a ponerlo y me dijeron que para la epidural iba a tener que esperar a que se liberase un paritorio. ¿Qué? ¿Me paso 24h en un paritorio y ahora que lo necesito no lo tengo? Me quise morir pero me arriesgaba a eso cuando quise aguantar en la habitación.

Así que una hora y media más tarde y muchos dolores después, vinieron a por mí. En cuanto me pusieron la epidural sentí que subía al cielo, tal cual. La relajación era tal que me quedé dormida. Mr. F no podía creerse ver el nivel de cada contracción en el monitor y yo tan pancha sin un solo dolor.

Pasaron unas horas y vinieron a romper la bolsa. Pero para cuando lo hicieron que ya estaba de 7 cm, así que esperaron y se rompió sola a los pocos minutos.

El ginecólogo decía que Pequeño G aún tenía que bajar un poco más, que aún no estaba suficientemente encajado, así que a esperar. Pero el monitor del bebé empezó a tener bajones que hacían que se nos parase el corazón. Me pusieron oxígeno para que al respirar se lo pasase al bebé. Aquello no mejoraba, así que le hicieron la prueba del PH. Para quien no lo sepa, esta prueba consiste en sacar sangre de la cabeza del bebé, sí, mientras está aún dentro, para ver el nivel de oxígeno que tiene y valorar si es urgente sacarle o no.

Al tercer pinchazo consiguieron una muestra válida y comprobaron que estaba bien, que podíamos esperar un poco más a que bajase.

Le colocaron un monitor en la cabecita y Mr. F y yo no podíamos quitar ojo al monitor del bebé. Fueron las horas más largas de nuestra vida. De vez en cuando venía el ginecólogo y me decía: “Venga Noe, vamos a empujar un poco a ver si quiere salir”. Pero no hubo suerte, tras muchos empujones nuestro pequeño no solo no bajaba, sino que colocó la cabeza de forma que no podía salir. Así que a la una de la mañana salieron del ginecólogo las temidas palabras: “Vamos a tener que ir a quirófano para una cesárea”.

El Dr. Duárez, que es quien me llevó todo el proceso, es un amor, y en su cara se veía que lamentaba profundamente tener que hacerme una cesárea, porque él y yo habíamos intentado por todos los medios tener un parto natural. Pero yo ya solo quería tener a mi bebé en brazos y que estuviera bien, así que la cesárea ya me daba igual.

Casi cuarenta y ocho horas más tarde desde la primera vez volví a ese quirófano frío, en el que me empezaron a entrar unos temblores horribles y, por qué no decirlo, esta vez las enfermeras eran otras y no me ayudaron tanto.

En la FJD dejan entrar a la pareja en las cesáreas, pero en mi caso, al ser una cesárea de urgencia y medio complicada por la situación, dejaron a Mr. F fuera, en la zona de reanimación contigua al quirófano, en la misma puerta.

Finalmente a las 2:05 de la mañana vi por encima de la tela verde a mi bebé, rojito, que lloraba, me dijeron que se lo tenían que dar primero a la pediatra para comprobar que todo estaba bien. Lo vi allí en la cunita donde los inspeccionan, tan pequeñito, que solo quería poder moverme de allí y cogerlo en brazos.

Se acercó la pediatra y me dijo que estaba perfecto: 2,665 Kg y 46 cm de perfección. Me lo pusieron en la camilla conmigo, con su carita pegada a la mía. Nos miramos durante unos minutos que fueron los mejores del mundo hasta que les dije que se lo llevasen a su papá, que seguramente estaba comiéndose ya hasta los dedos de los nervios.

Me sacaron del quirófano y seguía tiritando, y allí estaban esperándome mis dos amores. Me pusieron a Pequeño G en brazos, piel con piel al fin y, a pesar del tremendo dolor que tenía, me sentía la mujer más feliz del mundo.

 

Parto inducido. Noemí y el pequeño G después del parto... Luchando por comer tras el esfuerzo.

 

Pedí calmantes como loca, porque no podía soportar el dolor de la herida, y nada me lo quitaba. Pero allí tenía a mi bebé, luchando por poder empezar a comer. Todo me daba igual. A las 5:30 por fin nos llevaron a la habitación. En la puerta de paritorios nos esperaban mi madre y su marido, que llevaban allí desde las 8 de la tarde esperando. Y en la habitación comenzó nuestra nueva vida, nuestra vida de familia de tres… ¡nuestra vida de padres!

 

Y aprovechando este rinconcito doy las gracias a mi marido, Mr F

 

Somos Mujeres Valientes, pero yo en aquel hospital pasé miedo, mucho, y él sólo me soltó la mano cuando le obligaron a hacerlo. Y me acompañó al baño cuando lloraba de dolor la primera vez que me levanté de la cama, y me ayudo a sentarme en la taza del inodoro, y me bajó la ropa interior, y me cambió la compresa. Sí, puede sonar desagradable, pero han sido los momentos más vulnerables de mi vida, y él estaba a mi lado.

Pero aún con todo, en esa habitación ¡solo se respiraba felicidad!

Noemí Gutiérrez
n.gutierrez@agenciahalia.com
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