Despedir a una mujer nunca puede salir tan barato

Despedir a una mujer nunca puede salir tan barato. Asesoría legal. Mujeres Valientes,

Despedir a una mujer nunca puede salir tan barato

 

Despedir a una mujer nunca puede salir tan barato. Asesoría legal. Mujeres Valientes,

¡Hola a todas… Mujeres Valientes!

Ya tenía ganas de estar de nuevo por aquí con vosotras e ir retomando mi vida normal tras la reciente maternidad.

Para el artículo de hoy, os traigo como siempre, una historia real, (a la que cambiaremos sólo los datos personales, para proteger a su protagonista, y porque la Ley de Protección de Datos nos obliga a ello), que nos trae a todas de cabeza últimamente. A todos menos a las compañías telefónicas, eso sí, que a pesar de que les he dicho ya que no quiero que usen mis datos para promociones de ningún tipo, siguen llamando a casa a las horas más intempestivas posibles para ofrecer fibra, telefonía móvil, smartsphones y porquerías varias por el estilo. En fin, el nuevo Real Decreto para la protección de datos parece que no va con ellos (si no me quejaba, me iba a dar algo, así que aprovecho; espero que sepáis disculparme).

La protagonista de hoy se llamará para nosotras Felipa, porque es un nombre original, y como un pequeño homenaje a la mejor mujer que he conocido, que probablemente no me lea, pero eso es lo menos importante. Aprovecharé su historia para dar una breve explicación del proceso despido, y de cómo el mismo desprotege en la mayoría de los casos, a la parte más débil… La trabajadora.

Felipa vive en Málaga capital, y desde joven se ha ido buscando la vida en trabajos varios, temporales y mal pagados casi siempre. Hace casi diez años, encontró un trabajo más estable en una panadería, cerquita de su casa. Desde el principio se encontró a gusto en la empresa. Una empresa pequeñita, casi familiar, que cuenta con varios centros de trabajo repartidos por la provincia. Cuando por fin la hicieron indefinida, vio como muchos de sus sueños empezaban a perfilarse más cercanos y plausibles.

 

Despedir no puede salir tan barato

 

Hace unos años, el jefe le dice a Felipa que la va a invitar a desayunar (cosa ya de por sí extraña), y una vez sentados en la mesa, le dice que tienen que trasladarla a otro centro de trabajo, en un pueblo a unos 50 km de su casa. Felipa no se queda muy convencida, pero al llegar a casa y hablar con su marido, entiende que tiene que aceptar. Hacen sus cuentas, y si al poco sueldo de Felipa le descuentan el gasto de transporte, sigue siendo, aunque poca, una cantidad necesaria en su familia, y no les queda otra que tragar saliva y aceptar.

Cuando está próximo a ocurrir el traslado, el jefe vuelve a invitar a Felipa a desayunar (la cosa ya empieza a mosquear a nuestra protagonista), y le pone unos papeles por delante, donde despiden a Felipa de una empresa, la contratan en otra, renuncia a su indemnización por despido, le cambian el horario, y por supuesto, pierde su antigüedad.

Con todo ello, Felipa vuelve a casa cabizbaja, y esa noche, con la cena entera sobre la mesa (sólo pensar en comer ya le revuelve el estómago), comenta la situación con su pareja. No puede permitirse perder ahora su trabajo, más teniendo en cuenta que acaban de abrir una pequeña tienda de productos gourmet, y han metido ahí casi todos sus ahorros, por lo que el desempleo de uno de los dos sería prácticamente la ruina del matrimonio.

Una vez realizado el traslado, ve como en su nuevo centro de trabajo sólo están la hija del dueño y ella, lo que equivale a estar sola. Su nueva compañera se pasa el día mirando la pantalla de su móvil, no atiende a clientes, y por supuesto, no toca hornos ni nada que se le parezca, no vaya a ser que se le caigan las manos de tanto trabajar. Pero Felipa se calla. Claro, no va a ir al jefe a decirle que su hija no da un palo al agua ni aunque se esté ahogando.

Pues bien, de un tiempo a esta parte, Felipa ve como el dueño de la panadería empieza a comportarse de una manera extraña, evitando a proveedores e incluso a algunos de los clientes más importantes de la empresa. Empieza entonces a indagar, dado que el pueblo en el que trabaja ahora es un lugar pequeño, donde todos se conocen, y se entera de que, a pesar de que la empresa no ha disminuido su facturación, cosa que sabe a ciencia cierta porque cuadra su caja todos los días y no la ve disminuir; el dueño de la misma tiene deudas a más no poder, o como diría mi abuela “debe hasta de callar”.

Tanto es así que se quedan sin teléfono ni internet, y hasta sin luz en varias ocasiones, e incluso hay clientes, como el gestor de la empresa al que se le de dan los productos gratis porque el dueño no tiene cómo pagarle por sus servicios.

 

Es intolerable que la despedida se convierta en COFIDÍS dando para recibir su indemnización

 

El paso siguiente os lo podéis imaginar, hay que dejar de pagar a los trabajadores, lo que en el centro de trabajo de Felipa sólo la afecta a ella, pues su compañera no va a rebajar su nivel de vida, estando como está la pobre harta de trabajar. Algunos meses las nóminas no se pagan, y otros se pagan a trompicones.

Esto hace que parte del dinero ahorrado que Felipa tenía para invertir en su nuevo negocio, tenga que ir destinado a pagar los costes propios de su casa y su familia, por lo que finalmente, tienen que echar la baraja de su propia tienda.

Aún así, Felipa necesita el trabajo, por lo que cada mañana se dirige a la panadería, intentando elevar su propio ánimo. Pensando que “ya verás, que esto se arregla, y este hombre se enmienda, y deja de dilapidar el dinero, no va a dejar a su propia hija sin trabajo“. Y rezando de paso porque hoy no les vuelvan a cortar la luz, y pueda ahorrarse la vergüenza que las vecinas del barrio le hacen pasar cada vez que van y no puede servirles el pan.

De nuevo un desayuno indigesto con el jefe trae a Felipa documentos desagradables. Una reducción de jornada y sueldo, sobre el papel, porque en la realidad, sólo se verá reducido el salario, su trabajo debe ser el mismo. “Hombre Felipa, entiéndeme, que esto para mí es desagradable, pero no me queda más remedio, la cosa está muy mal, y yo no quiero cerrar esa panadería, está allí mi hija, ya sabes, no puedo hacer otra cosa.”

Felipa siempre ha pasado por el aro, pero esta vez decide que no, que es imposible, que ella no va a trabajar lo mismo y a cobrar la mitad, que los tiempos de la esclavitud se acabaron y que puede su jefe irse a hacer puñetas, pero que ella no le pasa ni una más.

Y a los pocos días de trasladar su decisión al dueño, recibe la temida carta de despido. Un despido objetivo, reza la misma, debido a la mala racha económica por la que está atravesando la empresa. Unido al despido llega la palabra de su jefe: “no te preocupes mujer, que yo te pago tu indemnización. Poco a poco, eso sí, firmamos un documento privado si quieres, y me comprometo, tu ya sabes que mi palabra va a misa.”

Evidentemente le aconsejamos que no acepte, que presente papeleta de conciliación y pida su indemnización por entero, o al menos, que se recoja en un documento oficial que le de pie a reclamar en caso de impago por parte de la empresa.

Y pasa lo de siempre, la imposición de la empresa, y o pasas por el aro y me firmas, o te esperas a juicio, y vete rezando porque para entonces no nos hayamos declarado insolventes. Ofrecen pagar a plazos, en treinta y seis, concretamente, como si Felipa fuera Cofidis (expresión ésta que me hizo gracia cuando se la oí a la pobre, pero que va cargada de razón). Y que “si quieres lo firmas y si no me demandas y te esperas a juicio. Con suerte en año o año y medio, y cuando llegue el momento no vamos a tener nada para embargarnos, y te vas a quedar esperando a FOGASA”.

Y qué hago. La indignación de siempre, el mal sabor de boca de siempre, porque no es la primera vez que lo veo, ni tampoco la primera que el rostro de alguien que, tras dar hasta lo imposible en una empresa, se encuentra con esa actitud. Son lentejas, si te hace falta la pasta, vas a firmar, vas a coger lo que la empresa te diga (que en este caso son 3000 euros menos y en diferido) o te vas a esperar a juicio, y ya veremos para entonces. Porque para ellos no hay consecuencias. Si quieren, y saben que están perdidos, el día del juicio ofrecerán el dinero, evitando ser condenados en costas al no haber temeridad. Y hasta entonces la trabajadora al paro y sin indemnización, y mirándome con cara de querer coger lo que le dan, aunque sean migajas, aunque puede que sólo me pague unos cuantos plazos, pero me hace falta, qué hago.

 

El sistema tiene y debe funcionar cuando se produce un despido

 

Y es por ello que digo que el sistema no funciona. Que si el espíritu del Estatuto de los Trabajadores y la legislación social es proteger a la parte más débil, y afirma que ésta son los trabajadores, no lo consigue en absoluto. No lo consigue cuando abarata los despidos, ni cuando permite a las empresas hacer este tipo de cosas sin que asuman ningún tipo de consecuencias.

Lo he visto muchas veces. He visto a gente firmar una conciliación aguantando la rabia y las lágrimas, perdiendo dinero, SU dinero, porque le hace falta, aunque le ofrezcan menos. Y he visto cómo me miran cuando, tras rechazar el acuerdo, les digo que su fecha de juicio es para dentro de un año y medio, porque a los niños hay que alimentarlos cada día, y es inadmisible que un juzgado que trata temas tan delicados tenga esa lista de espera. Eso si no tienen que ir a FOGASA, que entonces suman unos 6 meses más. Y me llaman al despacho a preguntar, cómo va lo suyo, si no puedo hacer nada por adelantarlo, que necesitan el dinero.

Esta vez he conseguido una pequeña victoria, porque Felipa ha decidido no ceder, y seguir adelante. Acaba de conseguir un trabajo temporal en otro sitio, y dice que adelante, que ya verá ella como lo hacen en casa, o que ya Dios los ayudará, pero que no van a seguir toreándola, que quiere hasta el último céntimo, y de una sola vez. Y aquí estamos, a la espera de juicio, y temiendo lo que pueda pasar en la empresa para entonces. Un callejón sin salida injusto, que me hace pensar para qué nos hacen ir a la conciliación, y cómo es posible que haya que esperar tanto para el juicio, como si no hubiera jóvenes preparando una oposición y esperando una plaza en los Juzgados como agua de mayo (yo misma fui una de ellos un día). Pero eso ya es harina de otro costal.

Espero sinceramente que la paciencia le sirva a Felipa para algo, tanto económica como moralmente. Ya os contaré.

Hasta la próxima, Mujeres Valientes

Tamara Huelga Gutiérrez
tamara.abogados.h@gmail.com
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